a los que condenan
a tantos niños
al hambre
por haber secado
de forma miserable
el manantial de leche
que habría de brotar
desde los pezones oscuros
de sus madres.
a los que condenan
a tantos niños
al hambre
por haber secado
de forma miserable
el manantial de leche
que habría de brotar
desde los pezones oscuros
de sus madres.
JIMI HENDRIX, 18 de septiembre 1971.
JANIS JOPLIN, 3 de octubre de 197.
Hay canciones
que son como un galope.
Dibujan trastornados
jeroglíficos
sobre un hilo de aire
que abandona la amable
hospedería del encaje.
Canciones que son cactus
columpiándose en los desiertos.
Canciones como esponjas
traídas en alguna
expedición remota
que acarician la piel
adolescente.
Canciones que son nanas
para adultos renacidos
y que casi no hablan,
sólo besan.
Canciones que se posan
en las zarzas de octubre
y son único pasto
para ancianos gorriones
que han perdido su vuelo.
Canciones que se abren
y son frutos de higuera,
canciones que, incrustándose
en la cansada urdimbre
del algodón usado,
nos entibian las camas
cuando no somos niños.
Sé que hay otras canciones
que son como tijeras
que empuñan
los caballos desvalidos.
Son las que inyectan
poco a poco el desaliento
y prefieren sonar
en la mañana.
Y son losas, cuchillos,
hojas finas para venas
que ansían el descanso.
Son vómitos de hielo
sobre el agua.
En su mejor momento,
son suicidios
que entregan su relevo
mientras se van callando
definitivamente
quienes las interpretan.
esas serias caras de fariseos
y siento ganas de vomitar
cuando guardan silencio
por sus muertos
mientras dejan
que los cuerpos de los niños
(que no son suyos,
que no merecen su palabra
ni su silencio)
sean desgarrados
por las bombas cada día,
allá lejos,
donde enviaron
barcos, aviones y tanques
a plantar semilllas de libertad.
Eso decían,
eso siguen diciendo.
Y no se les cae la pétrea
cara de vergüenza
porque la tienen cosida
con las venas
de los que han asesinado.
de las manos
por mucho que las laven:
puedo verla
manchando los impolutos
trajes de demócratas.
Muchos sabemos ya
que están desnudos.
Pero siguen tapando
con pueriles mentiras
la evidencia que los condena,
mientras consuelan
a los que pierden
a sus hermanos, hijos y amados
en la pira que sólo
ellos encendieron.
Aún veo la ceniza
cubriendo sus caras,
manchando la pantalla,
rebosando como pus,
extendiéndose
por el suelo de la sala,
llenando mi nariz
con el insoportable olor
de aquellos que murieron
por sus acciones criminales.
Por eso este 1 de Mayo,
como todos y cada uno
de los días
que me queden por vivir,
seguiré elevando la voz
para gritar ¡No a la Guerra!
La composición de la obra reúne a un grupo de tejedores en una compleja trama de figuras que transitan en un movimiento aparente, casi coreográfico. Los cuerpos, en su mayoría masculinos, son representados con una fuerza física que sugiere tanto resistencia como determinación. La disposición de las figuras dentro del cuadro crea una línea diagonal que guía la mirada del espectador, enfatizando la marcha hacia adelante, un símbolo de la lucha y el avance en la búsqueda de derechos laborales. Cada figura es individualizada, con expresiones que van desde la determinación y la solidaridad hasta el cansancio y la desesperación, indicando las diversas respuestas a su difícil situación compartida.
En la agitación política posterior a la Primera Guerra Mundial, muchos artistas optaron por la impresión en lugar de la pintura. La posibilidad de producir múltiples copias de la misma imagen convirtió el grabado en un medio ideal para difundir declaraciones políticas. La artista alemana Käthe Kollwitz trabajó casi exclusivamente en este medio y se hizo famosa por sus grabados que celebraban la difícil situación de la clase trabajadora.
Revuelta (A las Puertas de un Parque) (1897) representa una multitud, con rostros marcados por la desesperación y la determinación, se agolpa contra unas puertas de hierro forjado de diseño ornamentado. Los intrincados detalles de la vestimenta de los individuos, los elementos arquitectónicos y la fisicalidad de sus movimientos transmiten una poderosa sensación de emoción y tensión. El uso del grabado por parte de Käthe Kollwitz ha permitido líneas finas y marcados contrastes, realzando la intensidad dramática de la escena.
Varios artistas de la época crearon obras conmemorativas para Liebknecht y Luxemburgo. Las más conocidas (junto con la obra de Kollwitz) son “El martirio” de Max Beckmann, de su portafolio ” El infierno de 1919″ (arriba), y ” La gente sobre el mundo” de Conrad Felixmüller , de ese mismo año. A diferencia de estas obras, ” In Memoriam Karl Liebknecht” de Kollwitz no se centra en el hombre en sí, sino en los trabajadores que depositaron su fe en él. El enfoque en los afectados en general, en lugar de en los protagonistas, es un tema constante en la obra de la artista, reflejado en sus obras más famosas del ciclo de la Guerra , que no representan a los soldados ni los combates, sino el sufrimiento de las mujeres y los niños abandonados y hambrientos.
no reconocen jerarquías,
ni pretenden imponerlas
sobre los demás.
Ninguna voz los somete,
ningun mandato
les sirve de brújula.
Obedecer, para ellos,
sería una rendición sin motivo,
una renuncia al alma
que los nombra.
Rechazan con firmeza
la caricia no pedida,
la orden disfrazada de halago.
No temen el aislamiento,
no lloran si no los buscan:
conviven con la soledad
como quien comparte el lecho
con una hermana que nunca hiere.
Para ellos, el aislamiento
no es castigo,
sino refugio donde
la identidad respira intacta.
He descubierto en su distancia
una forma distinta de cercanía,
un vínculo que no necesita
proximidad constante
para ser profundo.
La soledad no es vacío,
sino presencia sin testigo.
Y testigos de sí mismos,
sin público ni aplauso,
nos enseñan que hay libertad
en no necesitar la mirada
del otro para ser real.
La lealtad de los gatos
no es servidumbre,
es elección silenciosa
que cambia de forma,
pero no de fondo.
No vienen cuando los llaman
y sin embargo llegan
cuando más los necesitamos.
No porque se les ordene,
sino porque ellos deciden.
Y en ese acto
—ínfimo, grave, perfecto—
la obediencia
se vuelve irrelevante,
y la soledad,
una dignidad intacta.
lo exigen con la dignidad
de quien jamás ha aceptado
sobras con sonrisa.
Se sientan frente al cuenco
con la certeza
de que no están pidiendo:
están recordando que existen.
Y comen sin premura,
sin los modales del vencido,
con esa lentitud
que no teme interrupciones.
Yo veo en sus gestos la pureza
de una necesidad sin culpa.
Cazan sin odio,
matan sin odio,
muerden sin odio.
No hay guerra en su acecho,
solo oficio.
No hay crueldad en sus dientes,
solo técnica.
Y aun así, el mundo les teme
como a lo que no necesita
adornar su violencia
con discursos de justicia.
Yo, que he sangrado
por causas que no eran mías,
los miro con envidia:
ellos no se confunden de enemigo.
Su combate no es masacre,
su victoria no es desfile.
Una vez vi como un gato
atrapaba un gorrión
y luego lo soltaba, no por piedad,
sino porque ese día
no necesitaba matar para vivir.
Y entendí que la necesidad
es mas limpia que el deseo.
Ellos no matan por arte,
ni por fama, ni por venganza.
Solo porque el cuerpo
lo pide con la precisión
con que el invierno pide
abrigo y no discurso.
Yo, que he deseado
venganza con el hambre
de quien fue traicionado
por confiar,
aprendo de su olfato
a distinguir el instinto del rencor.
No se manchan con lo innecesario.
El mundo no necesita sentido,
solo orden.
Y en sus rutinas
de depredadores medidos,
ordenan el caos
sin violencia gratuita.
Si los ves matar, no los acuses:
obsérvate a ti mismo,
comiendo con las manos limpias
tras haber pedido a otros
que hagan por ti la matanza.
Ellos, al menos, asumen
el precio de su carne.
(René Girard)
Acción y efecto de reparar algo roto o estropeado. Desagravio, satisfacción completa de una ofensa o injuria. Como tantos otros, cuando las palabras no terminan de corresponderse con la realidad a la que creo que aluden, recurro de manera instintiva al diccionario. Lo hago con una fe infantil, como si de alguna de las acepciones del vocablo “reparación” pudiera entresacar un rasgo distintivo, un matiz definitivo que moldee la palabra a la medida de la realidad para paliar la disonancia cognitiva que me provoca que se le quede pequeña. O más bien demasiado grande. El acto de reparación a Dolores Vázquez, que anunció el Gobierno hace semanas y que se celebra hoy, es justo y necesario en primer lugar porque ella lo reclamó. “En mi corazón, necesito que el Gobierno me pida perdón”, declaró el año pasado durante la entrega de un premio que se le concedió, en Betanzos, su localidad natal y de residencia. “Este es mi pueblo y no es lo mismo, es mi gente, la que lleva siete años conviviendo conmigo y me conoce. Lo de hoy es especial y sé que no voy a tener otra oportunidad así, pero no es suficiente”.
Me pregunto si será suficiente para ella el acto del Ministerio de Igualdad, que contará con la presencia de la ministra Ana Redondo y del ministro Fernando Grande-Marlaska. Si la entrega de la Medalla a la Promoción de los Valores de Igualdad conseguirá que Dolores Vázquez se sienta resarcida del enorme daño que se le infligió. Si una distinción gubernamental convalida una disculpa nacional. Y si en tal caso, la disculpa nacional que merece una mujer que pasó 519 días en la cárcel, condenada injustamente, dentro y fuera de los tribunales, en un juicio que tuvo más de ordalía mediática que de proceso con garantías, le podría, de algún modo, bastar. Si cuanto más nos empeñamos en ensalzar a una víctima es porque menos dispuestos estamos a agachar la mirada frente a ella y rogarle un perdón que nos queda tan grande como a esta coyuntura el significado profundo de la palabra reparación. Me pregunto si a este perdón simbólico, de mano del Gobierno, le acompañarán o han precedido otros perdones concretos. Si en algún momento los miembros del jurado popular que la declaró culpable han tenido el valor de disculparse con ella. O el juez instructor del caso. Si ha hecho lo propio, por ejemplo, Juan Manuel de Prada, que escribió una repugnante columna en ABC titulada El amor estéril, el que, según él, sienten por defecto las mujeres enamoradas de otras, como hipótesis sobre el móvil del crimen.
Él y otros tantos, que, en la prensa y en las televisiones, echaron leña al fuego del mito de la lesbiana perversa... ¿Se acuerdan de lo que le hicieron? ¿De lo que contribuyeron a hacerle? La disculpa hoy será gubernamental, y podrá ser un primer paso, pero la responsabilidad múltiple de lo ocurrido no debería difuminarla. Tiene nombres y apellidos. Del mismo modo, Dolores Vázquez es mucho más que el emblema de un gravísimo error del sistema, cimentado en un terrible prejuicio compartido, a quien ahora se intenta reconocer con un acto simbólico. Le baste a ella o no, es una persona y no fue tratada como tal, ni siquiera ha recibido una indemnización por el tiempo que estuvo encarcelada. Lo peor de todo es que en cualquier momento puede aparecer otra Dolores Vázquez, podría ser cualquiera y el circo mediático se volvería a repetir. De eso no tengo la más mínima duda, los buitres humanos nunca defraudan a quiénes siguen su ejemplo.