Estos días están llenos de tradiciones en ciertas culturas en recuerdo y homenaje a los difuntos. También la mitología clásica y el arte se han ocupado del tema. En la antigua mitología griega, el Aqueronte era conocido como el río de la aflicción. Era uno de los ríos del inframundo, y a él fluían el Cocytus (gemidos) y el Flegetonte (fuego, ardiente). Por el río Aqueronte conducía Caronte a los muertos para introducirlos en el inframundo. En la Divina Comedia de Dante, este río conforma los bordes del infierno. Aquellos que fueron neutrales en vida no eran conducidos hacia el infierno, sino que quedaban sentados en la ribera.
Según algunos mitos, Aqueronte fue un hijo de Helios y Gaia, y fue convertido en este río tras dar agua a los titanes durante su batalla con Zeus. Según este mito, Aqueronte fue el padre de Ascálafo, siendo su madre Orphne (ὄρφνη: oscuridad; también llamada Styx o Gorgyra: γοργύρα: consunción del inframundo), una ninfa que vivía en el inframundo. Ascálafo fue el guardián del huerto de Hades.
El mito de Deméter y Perséfone, muy conocido, narra como Perséfone (hija de Zeus y Deméter) fue robada del lado de su madre por Hades, que la sorprendió cogiendo flores con otras ninfas. Se la llevó consigo al inframundo y, tras su rapto, la vida y la naturaleza se paralizaron en la tierra mientras Deméter buscaba con desesperación a su hija perdida. El mito tiene un marcado carácter emocional: la doncella inocente, raptada por el dios que encarna el mal, el dolor de la madre buscando a su hija… pero también tiene un reverso tenebroso. Perséfone, cuando fue llevada al inframundo por Hades, se convirtió en la reina de los muertos; no era seguro pronunciar su nombre en voz alta (de hecho, en la Odisea, cuando Odiseo desciende al inframundo, se refiere a ella como la Reina del Hierro). Deméter, desolada, seguía buscando a su hija por la tierra; Zeus no pudo aguantar más y obligó a Hades a devolverla. La única condición era que Perséfone no probase bocado en todo el trayecto de vuelta, pero Hades la engañó para que se comiera seis semillas de granada. Así, obligó a Perséfone a tener que volver al inframundo un mes por cada semilla cada año. Cuando madre e hija se encontraban juntas, la vegetación y la vida florecían en la tierra; sin embargo, cuando Perséfone debía descender de nuevo al inframundo, el frío se cernía sobre la tierra y se sucedían el otoño y el invierno. Ascálafo contó a los dioses que Perséfone, al parecer, se había tomado las semillas de granada voluntariamente. Cuando Deméter supo de ello, se enfureció tanto que enterró a Ascálafo bajo una roca en el inframundo; Heracles bajó a rescatarlo, y cuando le liberó, Deméter transformó a Ascálafo en un autillo (una especie de búho): el pájaro familiar de Hades. Según otro mito, la propia Perséfone le transformó ella misma en autillo echándole por encima gotas de agua del río Flegetonte.
En la obra Los Muertos Recientes, de Adolf Hiremy-Hirschl (1898), los protagonistas parece que flotan en las orillas del río Aqueronte, en ese mundo inferior tan oscuro y lúgubre donde acabaremos todos.
La figura más llamativa, el hombre vestido de azul que descansa de pie, es una representación de Hermes Psicopompo (el psicopompo, de psyche: alma, y pompos: el que guía o conduce, es una figura presente en muchas culturas. Se trata del personaje que guía las almas de los muertos hacia la ultratumba. Para los griegos, eran Hermes y Hécate). Este Hermes está de pie al filo del río, enfrentado a una multitud de muertos que le imploran que los salve del último viaje. El dios aparece como una figura hierática, perfecto, rodeado de luz propia y con sus clásicos atributos: el casco alado y el cetro. Si miramos con atención, una de sus rodillas se asoma por fuera de la túnica: parece estar andando a través de los muertos, traspasándolos, ignorándolos. La expresión de su cara es severa.
Una de las cosas maravillosas de esta pintura es que no es el dios quien más llama la atención, sino el torbellino de figuras que le rodean: mujeres, hombres, ancianos y niños, implorantes, contorsionados en gestos de desesperación, sus pieles azules casi brillando con luz propia. Todos se encuentran en un estado de agitación extrema; solo unos pocos niños y una pareja, aterrorizados por la desesperación, no participan del frenesí general. Las figuras están coronadas de rosas y narcisos y tienen el aspecto desaliñado de bacantes en éxtasis… Hay una estética del horror, así como del hedonismo.
Las figuras comparten un estado de éxtasis extremo, salvo los niños y una pareja petrificada, que están absolutamente ajenos: en paz, descansando. Quizás se han resignado a su destino y no quieren luchar más. Como dice Schiff, las expresiones corporales y faciales crean una atmósfera de horror y quizás de hedonismo; las pieles, las curvas y las contorsiones podrían ser igualmente propias de una bacanal.









