Ha llegado la hora.
La tribu está pasando
una gran hambruna.
Soy viejo, no tengo dientes;
no puedo ablandar
la piel de foca.
Perderlos es perder
el arma de la vida.
Es el momento
de abandonar este cuerpo
y que mi nombre viaje
a través de la aurora boreal,
donde jugaré
con el cráneo de la morsa,
sumergido
en un estallido de colores.
Tengo que pedirlo,
para mí es un honor
sacrificarme
en pos de la supervivencia
de mis nietos.
Viajaré tomado
de la mano de La Diosa,
iré al fondo del mar
y contemplaré cómo se peina
su larga cabellera
con sus dedos prendidos de sal.
En ese lugar no hay hambre,
solo abundante grasa
y carne de foca.
Estaré abastecido
y disfrutaré de ellas.
Luego regresaré
con un cuerpo joven,
un tierno bebé que iniciará
el ciclo de la vida,
al igual que lo hice yo.
He tenido una vida áspera,
despiadada como el paisaje
que me envuelve.
He cazado,
siempre he respetado
el espíritu del animal
que he tenido que tomar.
Lo he hecho
pidiéndole permiso
y con una plegaria dirigida
a la madre tierra,
mientras la sangre caliente
baña la nieve dejando
un rastro de muerte y vida.
Poner comida
no es tarea fácil
en este agreste paisaje,
pero es lo que he conocido,
y para ello me han educado:
ser certero y tener
una voluntad del hielo,
fría y dura.
Nunca escondí mi
caza ni mi grasa.
Reconocerán mis hazañas,
así como mis debilidades,
que en algún momento tuve,
y espero ser agasajado
por mis ancestros.
Tomé de esposa a Anana.
Vivimos juntos
veinticinco años,
pero envejeció
más rápido que yo
y tuvimos que tomar
la decisión de dejarla sola.
Para ello construí un iglú,
la acomodé con cuidado;
ya casi no podía caminar.
Me senté a su lado,
aunque no pude esperar mucho,
porque una tormenta
enorme se acercaba
y debía reunirme
con el resto de mi tribu,
que caminaba en busca
de nuevos territorios vírgenes.
Ese año fue otro
de dolores y necesidades,
aunque nosotros, los inuit,
somos personas hechas
del gélido viento y témpanos.
Cuando llegó el minuto
del desgarro,
puse mi mano en su cabeza
y solamente dije adiós.
Sabía que sería recompensada
en el cielo o en el mar;
que estaría pronto
con nuestros dioses
y antepasados
que aún no han regresado,
aquellos cuyos nombres
permanecen
en la inmensidad de lo divino.
La miré, y en mi mirada
se reflejaron todos los años
vividos juntos,
desde que la conocí,
joven y fuerte, con su destreza
para coser las parkas.
Tenía una fuerte dentadura
y sus ojos brillantes
como la llama que nos calienta.
Ella me miró e hizo
un movimiento suave
con su cabeza,
invitándome a seguir mi camino.
Me fui, no miré hacia atrás...
Ahora sé que la volveré a ver,
y juntos contemplaremos
el cabello negro
y extenso de La Diosa.
No quiero un iglú para mí,
quiero un pedazo de hielo
desprendido de su totalidad.
En él navegaré una vez más
e iré internándome al infinito,
a donde se cumplen
los ciclos de la vida.
Estoy listo, y ansío el instante
de mi disolución
en la aurora boreal.
Aquí yazco, mi piel se cuartea
y quiebra como el hielo,
mis sentidos adormecidos...
el frío, implacable,
penetra y arrulla.
Con mis ojos apenas abiertos
distingo una figura que se acerca,
como nieve que se desliza
por la montaña.
Percibo su presencia
en el calor de sus ojos.
Tiene los brazos
extendidos hacia mí.
Tomo sus manos
y desciendo hasta el mar,
donde veo una larga cabellera
ondeando al ritmo de las olas.












