¡Señoras y señores!
Si alguien no está de acuerdo,
que levante la mano
y asuma las consecuencias.
Si alguien no está de acuerdo,
que levante la mano
y asuma las consecuencias.
Una de las cosas más deseables para un jardín es que cuente con una tierra fértil en la que se puedan cultivar todas aquellas plantas que se quieran, y que estas se vean amparadas de todo mal. Para ello, los antiguos romanos no dudaban en pedir ayuda a sus dioses, y gozaban de una pléyade de divinidades ligadas de una u otra forma a cuidar los vergeles y las flores, lugares plenos de belleza y de bondades para el ser humano. Baco velaba porque los viñedos produjeran una buena cosecha de uvas, mientras que Pomona se aseguraba de que los huertos y los frutales se llenaran de frutos. Al lado de esta última diosa se solía representar a Vertumno, el cual ayudaba a que cada planta completase con éxito todos sus procesos, para dar la simiente y la carne que los jardineros y agricultores esperaban con ahínco de sus respectivos vegetales. El descocado Príapo, henchido de salacidad, protegía los jardines con su mera presencia, librándolos de los animales y personas que quisieran dañarlos. Pero, por encima de todas estas deidades, una resplandecía con fuerza: Flora. Diosa de las flores, claro está, de su mano llegaba la primavera y su desbocada abundancia. A su paso brotaban las margaritas y otras beldades, los árboles renacían de su sueño invernal y las raíces acariciaban la tierra al encuentro con el agua almacenada en ella.
Diosas, flores, jardines y primavera. Toda esa belleza al servicio del arte, una sublimación de la vida.
(Alfred Kubin)
En El Hombre (1902), de Alfred Kubin, una figura solitaria se sitúa en lo que parece ser el punto más alto de una estructura curva, quizás un puente o una construcción similar. La figura parece colgar precariamente, enroscada, con una apariencia tensa o contemplativa. La paleta general de la obra es bastante sobria, con un enfoque en tonos oscuros y apagados, creando una sensación de misterio e introspección. Un vasto espacio vacío rodea a la figura, enfatizando su aislamiento y quizás reflexionando sobre la condición humana o el estado existencial del individuo. El esquema monocromático de la obra y la calidad etérea de las líneas contribuyen a su atmósfera onírica y surrealista, típica del estilo del artista y del Movimiento Simbolista.
Como sobre las vías de una montaña rusa, cuyo recorrido parece atraer nuestra mirada con elegantes curvas y balancearse hacia una profundidad de luz cegadora, una pequeña figura antropomórfica, montada sobre una rueda doble, desciende a toda velocidad desde una altura vertiginosa. En los momentos siguientes, deberá dominar una peligrosa curva en las vías y, posteriormente, desaparecerá de nuestra vista, desvaneciéndose en el deslumbrante fondo.
Temprana en la obra de Kubin (1877-1959), este ya emplea la técnica de la pluma, la tinta china y el aerosol para crear una composición que evoca la imaginería de un sueño y parece expresar una profunda comprensión del subconsciente humano. Con los brazos apretados contra su cuerpo atlético, el torso ligeramente inclinado hacia adelante en una postura tensa, la pequeña criatura, de rostro humilde y serio, parece estar completamente concentrada en intentar compensar el curso salvaje y sinuoso de las vías con sus inesperados cambios de dirección y parece concentrarse exclusivamente en mantener el equilibrio. Los largos mechones de cabello que ondean hacia atrás ilustran la vertiginosa velocidad de su descenso. La voluta de las vías curvas se pierde en el deslumbrante vacío de la luz que emana del centro del espacio imaginario, como una metáfora de lo incierto, lo desconocido, el destino, la vida y su fin: el futuro.
En mis insomnios, vuelo imaginariamente al Museo y me planto frente a ese prodigio espectacular. Alterado por la falta de sueño, me parece escuchar el crujido de la materia pictórica al craquelarse y el de la tela al pudrirse. Ese cuadro, como el Sol, como la Tierra misma, como todos nosotros, tiene los días contados. Conviene aprovecharlos al máximo. Ahí dejo la idea para que la ponga en práctica quien tenga capacidad para ello. Yo ya he hecho lo mío. De nada.
En la campaña por las elecciones de medio término en los Estados Unidos, la denuncia del daño que provocan las grandes granjas de datos han sido uno de los argumentos más usados por los candidatos. Tanto los regidores locales como los aspirantes a las cámaras de representantes comienzan a posicionarse en contra de la instalación de estas macrogranjas. Especialmente combativo se ha mostrado Bernie Sanders, que pese a su edad se ha convertido en un interesante joven visionario. También la activista Erin Brockovich, a la que encarnó Julia Roberts en la película que le dio el Oscar, y que contaba el caso de envenenamiento de una población por parte de una industria química, ahora se ha centrado en denunciar los peligros de los centros de datos. El gobierno español, en uno de sus últimos latidos de vida, redactó una serie de condiciones de sostenibilidad para permitir la instalación de estos edificios en respuesta a la preocupación por el gasto de agua y energía que acarrean. De inmediato los grupos de poder comenzaron a sacudir sus amenazas para congelar cualquier reforma. El presidente Trump se ha quedado solo como el más firme opositor a la regulación de los centros de datos en su país, correspondiendo así al esfuerzo de los caciques tecnológicos que le llevaron al poder.
Los centros de datos precisan de un consumo diario de agua potable desmesurado para refrigerar sus mecanismos de funcionamiento y se ha probado que desecan las zonas donde se instalan. Se calcula que estos centros ya están consumiendo el 2% de la energía mundial con una vida útil tan corta que los convierte en especialmente sucios. Los vecinos de estas superficies ya conocen los zumbidos constantes de la ventilación imprescindible para estos monstruos y su impacto sobre las aves y la fauna local, pero sus quejas no son escuchadas por casi nadie. En España ni tan siquiera han conseguido hacerse oír entre la felicidad pánfila de los gobiernos locales, que están entregados siempre a cualquier promesa rácana de puestos de trabajo y que cada vez son más sumisos a las necesidades de la IA, que es utilizada ya como una herramienta más por la población, aparentemente encantada haciendo vídeos, memes y cartelitos que se nos aparecen por todas partes. Nunca aprenderemos que las campañas electorales son la oportunidad para confrontar las recetas de cada aspirante sobre los desastres que se nos avecinan. Y como siempre, lo verdaderamente importante se trata como una anécdota que a pocos interesa.