Aquellos que fueron
sorprendidos
por el latido inconstante
de la vida,
donde marchitaban sueños,
esperanzas e ilusiones,
que se convirtieron en terremotos
de escala de Richter
en los parques donde se regaban
las tumbas anónimas
y los panteones conocidos,
que emprendieron viajes
a Oriente y a Occidente,
que se bebieron el elixir
del desamor
y acabaron muriendo mil veces,
para resucitar al día siguiente,
que se comieron el corazón,
el deseo, la sensibilidad,
que llenaron de noche
las paredes
para que el amanecer
no reflejara la imperfección,
que abandonaron a su suerte
a las ánimas del purgatorio
para subir los peldaños
que llevaban a la cara
oculta de la luna,
que entre Nirvanas
y Agujeros Negros,
visitaron los templos
de los Ángeles del Infierno
y bailaron o eso creían
los ritmos de Kurt y de Cobain,
que bajaron las escaleras
hacía el cielo y el infierno,
que vieron a las sombras
canibalizar la oscuridad
en los callejones,
donde fueron amontonando
sus cuerpos,
escribiendo letra tras letra
en versos que nadie leía,
que fueron presos
de las miradas penetrantes
que les cautivaron,
por las que vendieron
el alma al diablo,
que conocieron
el silencio permanente
así como el desconocido,
que creyeron ser Chamanes
de tribus remotas
que creyeron cabalgar
a lomos de la espina dorsal
de la vía láctea
en desiertos lejanos,
que aullaron en la tundra
y fueron santos de carretera,
bandidos de leyenda
con cruz y flores,
adorados en las villas miseria
y en los vertederos,
en los restaurantes
de comida rápida
de los centros comerciales,
en las avenidas de Harlem,
en los murales de Belfast
en los adoquines de París,
que nacieron
en la Semana Trágica
para morir el Día del Trabajo,
que participaron en revueltas,
colgando pancartas
en las paredes
de las multinacionales,
que escucharon la lluvia fina
calando los zapatos,
que huyeron una y mil veces
para buscar respuestas
a preguntas sin interrogante,
que esperaron al viento
que debía traerlas
y nunca llegaron,
que edificaron casas de paja
donde sopló Eolo,
que tallaron ídolos de barro,
que fueron desahuciados,
que siguieron soñando
con auroras boreales,
que entregaron poemas
e instantes en las calles
de la maldita ciudad,
de monumentos a la soberbia
y de fosas para la memoria,
que fueron expulsados
de los jardines
del bien y del mal
donde quisieron
plantar raíces
y regaron con agua de glaciar,
que escribieron si esto
es solo un hombre
y no sabían cómo era un árbol,
los libros rojos,
los cuadernos grises,
que dejaron que las tinieblas
fueran el horror,
que en los tristes trópicos
entregaron las venas abiertas,
que murieron en la Moneda
y se salvaron en Lacandona,
que quisieron escapar
tras los pasos de Marco Polo,
que contaron las piedras
de la última intifada,
que cantaron tu rostro
con José Afonso
que se dejaron llevar
por tangos, sones y fados,
que fueron calaveras
antes que diablitos,
que buscaron amaneceres
y sólo encontraron eclipses.







