Alguien lleva
martes, 3 de noviembre de 2026
POESÍA: LA CARGA
Alguien lleva
lunes, 2 de noviembre de 2026
PINTURA: ADOLF HIREMY-HIRSCHL
Estos días están llenos de tradiciones en ciertas culturas en recuerdo y homenaje a los difuntos. También la mitología clásica y el arte se han ocupado del tema. En la antigua mitología griega, el Aqueronte era conocido como el río de la aflicción. Era uno de los ríos del inframundo, y a él fluían el Cocytus (gemidos) y el Flegetonte (fuego, ardiente). Por el río Aqueronte conducía Caronte a los muertos para introducirlos en el inframundo. En la Divina Comedia de Dante, este río conforma los bordes del infierno. Aquellos que fueron neutrales en vida no eran conducidos hacia el infierno, sino que quedaban sentados en la ribera.
Según algunos mitos, Aqueronte fue un hijo de Helios y Gaia, y fue convertido en este río tras dar agua a los titanes durante su batalla con Zeus. Según este mito, Aqueronte fue el padre de Ascálafo, siendo su madre Orphne (ὄρφνη: oscuridad; también llamada Styx o Gorgyra: γοργύρα: consunción del inframundo), una ninfa que vivía en el inframundo. Ascálafo fue el guardián del huerto de Hades.
El mito de Deméter y Perséfone, muy conocido, narra como Perséfone (hija de Zeus y Deméter) fue robada del lado de su madre por Hades, que la sorprendió cogiendo flores con otras ninfas. Se la llevó consigo al inframundo y, tras su rapto, la vida y la naturaleza se paralizaron en la tierra mientras Deméter buscaba con desesperación a su hija perdida. El mito tiene un marcado carácter emocional: la doncella inocente, raptada por el dios que encarna el mal, el dolor de la madre buscando a su hija… pero también tiene un reverso tenebroso. Perséfone, cuando fue llevada al inframundo por Hades, se convirtió en la reina de los muertos; no era seguro pronunciar su nombre en voz alta (de hecho, en la Odisea, cuando Odiseo desciende al inframundo, se refiere a ella como la Reina del Hierro). Deméter, desolada, seguía buscando a su hija por la tierra; Zeus no pudo aguantar más y obligó a Hades a devolverla. La única condición era que Perséfone no probase bocado en todo el trayecto de vuelta, pero Hades la engañó para que se comiera seis semillas de granada. Así, obligó a Perséfone a tener que volver al inframundo un mes por cada semilla cada año. Cuando madre e hija se encontraban juntas, la vegetación y la vida florecían en la tierra; sin embargo, cuando Perséfone debía descender de nuevo al inframundo, el frío se cernía sobre la tierra y se sucedían el otoño y el invierno. Ascálafo contó a los dioses que Perséfone, al parecer, se había tomado las semillas de granada voluntariamente. Cuando Deméter supo de ello, se enfureció tanto que enterró a Ascálafo bajo una roca en el inframundo; Heracles bajó a rescatarlo, y cuando le liberó, Deméter transformó a Ascálafo en un autillo (una especie de búho): el pájaro familiar de Hades. Según otro mito, la propia Perséfone le transformó ella misma en autillo echándole por encima gotas de agua del río Flegetonte.
En la obra Los Muertos Recientes, de Adolf Hiremy-Hirschl (1898), los protagonistas parece que flotan en las orillas del río Aqueronte, en ese mundo inferior tan oscuro y lúgubre donde acabaremos todos.
La figura más llamativa, el hombre vestido de azul que descansa de pie, es una representación de Hermes Psicopompo (el psicopompo, de psyche: alma, y pompos: el que guía o conduce, es una figura presente en muchas culturas. Se trata del personaje que guía las almas de los muertos hacia la ultratumba. Para los griegos, eran Hermes y Hécate). Este Hermes está de pie al filo del río, enfrentado a una multitud de muertos que le imploran que los salve del último viaje. El dios aparece como una figura hierática, perfecto, rodeado de luz propia y con sus clásicos atributos: el casco alado y el cetro. Si miramos con atención, una de sus rodillas se asoma por fuera de la túnica: parece estar andando a través de los muertos, traspasándolos, ignorándolos. La expresión de su cara es severa.
Una de las cosas maravillosas de esta pintura es que no es el dios quien más llama la atención, sino el torbellino de figuras que le rodean: mujeres, hombres, ancianos y niños, implorantes, contorsionados en gestos de desesperación, sus pieles azules casi brillando con luz propia. Todos se encuentran en un estado de agitación extrema; solo unos pocos niños y una pareja, aterrorizados por la desesperación, no participan del frenesí general. Las figuras están coronadas de rosas y narcisos y tienen el aspecto desaliñado de bacantes en éxtasis… Hay una estética del horror, así como del hedonismo.
Las figuras comparten un estado de éxtasis extremo, salvo los niños y una pareja petrificada, que están absolutamente ajenos: en paz, descansando. Quizás se han resignado a su destino y no quieren luchar más. Como dice Schiff, las expresiones corporales y faciales crean una atmósfera de horror y quizás de hedonismo; las pieles, las curvas y las contorsiones podrían ser igualmente propias de una bacanal.
domingo, 1 de noviembre de 2026
POESÍA: TEMORES
A punto de cumplir
REFLEXIÓN: LA FALTA DE CORTESÍA
Antes, a pesar de que también existían la agresividad y la falta de consideración hacia los demás, lográbamos mantener una distancia media soportable gracias a la cortesía. Me temo que hemos dinamitado ese equilibrio. Las pantallas han eliminado la distancia media entre nosotros, pero no para acercarnos en busca de calor, sino para devolvernos a un estadio salvaje. Desprovistos de la urbanidad, la diplomacia y el respeto que tanto nos costó cultivar para salir de las cavernas, el entorno digital ha desatado una preocupante crueldad voluntaria. Ya no nos dañamos por accidente al intentar convivir, ahora afilamos los cuchillos a propósito amparados en el anonimato o en la impunidad de un teclado. Si la cortesía era el freno de mano contra nuestra propia naturaleza repulsiva, al perderla nos queda solo una barbarie hiperconectada donde el linchamiento es el nuevo entretenimiento. Y como la línea que separa lo digital de lo real y palpable era muy fina, se ha roto por completo. Demasiada gente ha aceptado la premisa de que la mejor defensa es un buen ataque y lo ejecutan de forma implacable como si cualquiera que se les cruce por la calle fuese un enemigo. Y cuestiones tan básicas para una convivencia sana, como son reconocer el error o pedir disculpas son vistas como signos de debilidad. Ahí están quienes pretenden representarnos para demostrarlo. ¿Son así de irrespetuosos, chabacanos y amigos de la chulería, el insulto fácil y la violencia verbal porque se convierten en un espejo donde mirar lo que somos, o son el otro lado del espejo que nos alienta y empuja para que seamos como ellos?
sábado, 31 de octubre de 2026
POESÍA: TOMA DE POSESIÓN
¡Señoras y señores!
Si alguien no está de acuerdo,
que levante la mano
y asuma las consecuencias.
viernes, 30 de octubre de 2026
PINTURA: DIOSAS Y FLORES
Una de las cosas más deseables para un jardín es que cuente con una tierra fértil en la que se puedan cultivar todas aquellas plantas que se quieran, y que estas se vean amparadas de todo mal. Para ello, los antiguos romanos no dudaban en pedir ayuda a sus dioses, y gozaban de una pléyade de divinidades ligadas de una u otra forma a cuidar los vergeles y las flores, lugares plenos de belleza y de bondades para el ser humano. Baco velaba porque los viñedos produjeran una buena cosecha de uvas, mientras que Pomona se aseguraba de que los huertos y los frutales se llenaran de frutos. Al lado de esta última diosa se solía representar a Vertumno, el cual ayudaba a que cada planta completase con éxito todos sus procesos, para dar la simiente y la carne que los jardineros y agricultores esperaban con ahínco de sus respectivos vegetales. El descocado Príapo, henchido de salacidad, protegía los jardines con su mera presencia, librándolos de los animales y personas que quisieran dañarlos. Pero, por encima de todas estas deidades, una resplandecía con fuerza: Flora. Diosa de las flores, claro está, de su mano llegaba la primavera y su desbocada abundancia. A su paso brotaban las margaritas y otras beldades, los árboles renacían de su sueño invernal y las raíces acariciaban la tierra al encuentro con el agua almacenada en ella.
Los artistas de todas las épocas pasadas quisieron rendir tributo a esta diosa generadora, portadora de los colores más elaborados que cristalizaban en pétalos y corolas. Uno de ellos fue Rubens (1577-1640), creador de escenas llenas de vitalidad, de quien el Museo del Prado alberga una maravillosa Flora romana pintada hacia 1625. La figura interpela al espectador con su mirada, proyectada desde unos ojos calmos y sabios, conocedores del secreto del cuidado de la tierra y de las plantas que en ella germinan. El brillo de sus pupilas conecta con quien la contempla y establece un diálogo respaldado por frescas rosas. No necesita de una suntuosa corona de oro adornada de rubíes y diamantes para atestiguar su nobleza, sino tan solo un puñado de flores, algunas tan fragantes como las de la clavelina, del jazmín, del lilo, del azahar y de los alhelíes amarillos y encarnados.
Hay otra obra en la que la protagonista no es una diosa, pero es otro ejemplo de la influencia de la botánica en el arte. Se trata de Muchacha con canasto de flores, pintada por Carlo Maratti (1625-1713) en la segunda mitad del siglo XVII. La mujer sujeta sobre su cabeza un canasto de mimbre repleto de flores. Tantas hay que se desbordan como un festín de belleza y color. No todo en esta pintura se aprecia a simple vista, y Flora retiene un misterio difícil de explicar, ya que hay algo que desapareció hace casi dos siglos. En apariencia no falta nada, porque se ve una figura completa integrada en una foresta, todo está en orden. Pero, para saber qué es lo que se ha perdido, habría que retroceder a 1842, a las mismísimas salas del Museo del Prado. Un día de aquel año, sin que nadie supiera ni el cómo ni el porqué, algún desconocido sacó un objeto afilado y recortó de forma precisa el rostro femenino, dejando un hueco perfecto en el lugar de su cara. En este punto habría que imaginar los semblantes colmados de sorpresa, ojipláticos, de los vigilantes y personal del museo cuando descubrieron el destrozo. La obra se retiraría de la exposición permanente, y no sería hasta después de unos años que se reintegraría una nueva faz, cual operación de cirugía estética; nadie sabría de este avatar si no le informan antes del estropicio sufrido.
Una tercera diva podría acompañar a esta pareja, podría definirse como una Flora comercial. Si bien en un sentido estricto no se podría hablar de una diosa, en parte sí que lo es, ya que se trata de una delicada florista que provee plantas a los balcones de la ciudad y las protege, ajardinando espacios yermos para el disfrute de los habitantes de la casa, así como de aquellos transeúntes que dejen de admirar las grietas de las aceras y levanten la mirada hacia las fachadas.Puesto de flores lo pintó la artista aragonesa María Luisa de la Riva (1865-1926) hacia 1887, y es un delicioso compendio de jardinería doméstica de la época. Con maestría, De la Riva ha incluido un repertorio de plantas en maceta para decorar las terrazas y los jardincillos, tales como calas, ficus, geranios, begonias… además de una pila de macetas de terracota cerca de la regadera. Asimismo, distintos ramos de rosas, lilas y azucenas están dispuestos para regalar al ser querido; en la esquina de la mesa, en un vaso de vidrio con agua, hay varias flores de pensamiento blancas, amarillentas y violáceas. Desde allí darían el salto al ojal de una chaqueta o levita de caballero, para añadir color a la mañana. Con su mínimo tallito insertado en un boutonnière o florero de solapa con un poquito de agua, la flor permanecería rozagante unas cuantas horas, lo suficiente para que incluso alguna esfinge colibrí se acercara a besarla, confundida al ver una planta con patas paseando por la ciudad.
Diosas, flores, jardines y primavera. Toda esa belleza al servicio del arte, una sublimación de la vida.
jueves, 29 de octubre de 2026
POESÍA: ANTEPASADOS
Mis antepasados
miércoles, 28 de octubre de 2026
POESÍA: MURMULLOS
Da igual que sea









