martes, 14 de abril de 2026

POESÍA: DOLOR


Acostumbrarse a vivir

contra el dolor

conocer exactamente 

sus límites

sentirse seguro

dentro de ellos

tener bien engrasada

la maquinaria que lo controla

alimentarlo 

abrigarlo 

procurarle

la paz necesaria

avivarlo si se desvanece

calmarlo si se desboca

mantener a salvo

mi dolor

mi querido dolor

tan fiel acompañándome

durante tanto tiempo

que ya no somos nadie

el uno sin el otro. 

lunes, 13 de abril de 2026

POESÍA: LA FRONTERA


Como cada noche

al acostarme, 

paso revista

a mis demonios,

¿a cuántos he dejado 

salir hoy fuera de este 

espacio acotado?

¿Cuántos andan sueltos?

Siento alivio

al darme cuenta 

de que la mayoría

siguen paseando 

entre las paredes

del silencio. Van y vienen,

pero no se atreven 

a traspasar la puerta.

Entre los demonios 

rondan también los ángeles,

casi igual de peligrosos, 

probablemente.

Es muy fácil 

malinterpretar sus dones.

Por fortuna, 

tampoco son libres, 

y a menudo se conforman 

con deambular 

junto al desorden 

de mis pensamientos.

Es necesario este 

repaso cotidiano,

saber qué dije, 

qué poemas compartí,

mantener a salvo

a quienes tengo cerca. 

Reconstruir la frontera

para salvar 

a los demás de lo que 

no me gusta de mi mismo.

domingo, 12 de abril de 2026

POESÍA: SUTILEZA


El verano 

llegará de repente

cuando aún

huela a primavera

y el verde se adormece

bajo el sauce.

Te darás cuenta

después

de que los seres pequeños 

lo anunciaran

y no estabas atento.

Son tan tenues las cosas 

con que el mundo

nos advierte el movimiento

en el que vamos,

toda la tierra y todos 

en un ciclo constante

entre la belleza 

y la degradación.

Tan sutil el lenguaje

que hemos perdido 

el suave don de pronunciarlo. 

En fin, será

que no comprendemos

muchas cosas

pero te aseguro

que con un mínimo esfuerzo 

se puede intuir

apenas

lo que siente

esa hojita última en el árbol.

Su rabia.

Su temblor.

REFLEXIÓN: PERDER


La palabra perder se ha vuelto una de más tajantes. A falta de criterios mejores, pensamos nuestras vidas como una hoja de contabilidad donde se asientan entradas y salidas, un proceso comercial donde se ve cuándo ganamos, cuándo perdemos. Darle un valor —cuantitativo— a cada acto, ver si obtenemos más que lo que damos y así de seguido. Como “perder” y “ganar” se nos han vuelto decisivos, debemos simular que sabemos —que de verdad sabemos— cuándo se pierde y cuándo se gana. Y lo único que sabemos es que en la vida no se puede saber. Tampoco es necesario. Hubo largos momentos, muchas sociedades, en que nadie habría pensado en medir su vida en términos de triunfo o de derrota: había nociones más complejas. Hubo momentos, por ejemplo, en que nada se creía mejor que aportar algo al bien común, al bienestar general. Ahora, cuando eso parece —en el mejor de los casos— una ingenuidad, solo gana el que gana para sí. Y ganar, está muy claro, es poseer: poseer más dinero, más fama, más ¿belleza?, más influencia, más poder de seducción, más poder de poder.

Esta es, en ese sentido, una sociedad fofamente satisfecha: sabe dónde está —para ella— el bien, dónde está el mal, dónde el triunfo y la derrota. Por eso se nos hace más fácil clasificar, decir un resultado. Por un lado están los pocos ganadores que han cumplido con esas metas, por el otro los demás, nosotros, la inmensa legión de “perdedores”. Y no hay palabra en nuestras sociedades más descalificadora que esa: perdedor.

Por suerte, perder en términos contables, perder esa carrera tonta por los bienes y las apariencias, no es la única forma de perder. Si lo fuera, la palabra perder sólo sería la prueba de nuestra incapacidad de construir una sociedad que valiera la pena. Pero también se pueden perder los papeles, perder la vergüenza, perder la paciencia, perder los estribos, perder la cabeza, perder la cara, perder la calma, perder el alma, perder el habla, perder la fe, perder las ilusiones, perder la perspectiva, perder la compostura, perder la virginidad, perder el rumbo, perder la razón, perder la honra, perder la inocencia, perder la oportunidad, perder el sentido, perder un hijo, perder un padre o madre, perder el respeto, perder el miedo, perder una carrera, perder la mano, perder pie, perder peso, perder comba, perder aire, perder facultades, perder sangre, perder la vida, perderlo todo, perderse —y más y más y más y cada una de esas pérdidas es una gran historia.

En cualquier caso, nos pasamos la vida perdiendo. Perdemos tanto que, al final, podemos incluso creer que alguna vez tuvimos algo. Para eso sirve, quizás, esta idea de que siempre perdemos. Hasta que terminamos de aceptar que uno puede perder tanto más que lo que tiene. Eso es, para algunos, la sabiduría; otros dicen que los que se lo creen están perdidos.

sábado, 11 de abril de 2026

PINTURA: ALEJANDRO OBREGÓN


Calles convertidas en un campo de batalla inspiran a Alejandro Obregón para realizar una especie de Guernica colombiana: Masacre del 10 de Abril (1948). Aquí se observan cuerpos desfigurados, rostros angustiosos y entre los sombríos colores resalta el vivo rojo de sangre, no es necesario el título que le puso para saber que está haciendo una denuncia explicita a la tortura de inocentes por cuestiones políticas.

Para representar esta escena, el artista usó una serie de elementos como la forma con la que plasmó a cada uno de los personajes que allí aparecen, empleando el cubismo, de tal manera que se ven diferentes partes del cuerpo como cabezas, brazos, pies y un cuerpo entero, con lo que logró transmitir la angustia de una masacre, donde el dolor y la muerte perseguían a quien estuviera involucrado.

“Fui al cementerio y me puse a dibujar cadáveres. Recuerdo un hermoso rostro de mujer con los sesos volados, la boca entreabierta y un gran diente de oro en la mitad de la boca, intacto el rostro y la tapa del cráneo en el carajo” (Alejandro Obregón). 

Otro elemento relevante es el color, el rojo con el que representó la sangre, el azul ubicado en el último plano de la escena para sentir como la noche y la oscuridad han caído sobre las desafortunadas personas en la masacre y los tonos cafés, negros, blancos y grises que refuerzan el sentimiento de muerte en cuerpos sin signos vitales, fríos y rígidos.

viernes, 10 de abril de 2026

POESÍA: HAMELÍN


Vivimos en una 

constante injusticia.

Abro los ojos.

Despierto.

Sigue durmiendo mi risa.

Lleva dormida tanto tiempo 

que ya hiberna.

Mi boca 

es incertidumbre incierta.

La que tiñe mis minutos

cada día

viendo en cada ojo, 

la impotencia hecha desidia

escuchando en las noticias,

una y otra vez cada dia:

“¡Ha vuelto a hundirse el Titanic!”

“¡Ha vuelto a hundirse el Titanic!”


Y la gente es el náufrago 

que vive abandonado.

Al que solo han dejado, 

a la suerte de su nado,

esperando

un rescate que no llega,

pues rescatan al que hizo 

que el barco se hundiera.

El Titanic se sigue inundando,

¡y los músicos siguen tocando!,

y así nos tienen encantados,

distraídos,

controlados,

como ratas de un flautista,

camino de Hamelín.

Y tú, nos miras desde arriba,

con el hueco destinado 

a la empatía,

ocupado a rebosar por la codicia.


Y nos apilas, sin dudar, 

en la popa del Titanic,

mientras intentamos 

ganar tiempo,

a la espera de que 

a nuestro cuerpo,

le muten branqueas,

y podamos reinventarnos 

bajo el agua.

Intentar sobrevivir 

cuando ésa popa 

se haya hundido.

Mientras tus músicos 

siguen tocando

más y más alto,

más y más alto,

para volver a desorientarnos,

como ratas de un flautista,

camino de Hamelín.


Mientras te ríes, sin piedad, 

de nuestro llanto,

sabiendo que a alguien 

sin esperanza, 

es más fácil controlarlo,

haciendo que en vez de pez, 

seamos plancton.

Microorganismos 

aún más desamparados.

Ríe mientras puedas,

porque, cuando a pesar 

de tu dinero y tu poder, 

sí que envejezcas,

el flautista de Hamelín, 

regresará a cobrar tu deuda.

Y será ya tan extensa, 

que no podrás pagar,

y entonces, el flautista, 

volverá a tocar, volverá a tocar…

Y también te llevará.


Intentarás huir de él

y no podrás.

Huir de tu pasado,

y no podrás. 

Intentarás morir en paz

y no podrás,

No podrás con cada llanto 

que has causado,

no podrás con cada 

suicidio provocado,

No podrás con la mirada 

limpia de tus nietos,

no entendiendo el legado 

de mierda que les has hecho.

No podrás con la vergüenza.

No podrás con tanta culpa. 

No podrás con tu conciencia. 

OPINIÓN: DESTRUIR UNA CIVILIZACIÓN


Un hombre, un solo hombre, anuncia que una civilización entera va a desaparecer sobre la marcha, quizá convencido ya sin remedio de su papel de nuevo dios que escribe sus evangelios en las redes sociales. Cierto es que está ocurriendo, aunque más lentamente, pero Trump se equivoca también al señalar en el mapa al lugar, porque no se trata de Irán. 

Las civilizaciones pueden hundirse velozmente. Con amenazas y con la fuerza. Con el miedo. Con la revoluciones y con las guerras. Las civilizaciones pueden morir porque las maten o pueden morirse ellas mismas, ahogadas en el desconcierto o en la decadencia. Pueden ser devastadas también por caminos lentos, aunque eficaces. Consintiendo un genocidio, por ejemplo.  alentando persecuciones en su territorio: deshumanizando a seres humanos y arrancando a los hijos de sus madres y de sus padres.

Una civilización puede arruinarse en manos de unos pocos hombres envanecidos que desprecien ese pasado que evocan, capaces de romper alianzas históricas y de sustituir el entramado de normas y valores por la ley del más fuerte, tan milenaria. Las civilizaciones, en fin, también pueden socavarse e incluso destruirse desde dentro y poco a poco. Aunque son más rápidas las bombas, claro. Y es sabido que esta no es solo la época de la impunidad: también lo es de la impaciencia. La prioridad absoluta ahora es pararles los pies al matón del patio y sus compinches, antes de que nos destruyan por completo. La prioridad es hacerles llegar de todas las maneras posibles nuestro desprecio. 


jueves, 9 de abril de 2026

PINTURA: JOSÉ MARÍA GARCÍA CASTILVIEJO


José María García Castilviejo (1925-2004) siempre se definió como un pintor de pueblo. Inmortaliza con sus pinceles escenas cotidianas de una Castilla en la que, bajo un sol de justicia, un grupo de mujeres cose cobijándose en la escasa sombra que proyecta una casa de adobe, un pastor pasea junto a su rebaño, un segador recoge la mies o un hombre arrea su mula por una desértica calle de Covarrubias. Y frente a silenciosos paisajes de Ampudia, Peñafiel, Villalpando o Tábara en los que parece que el tiempo se ha parado. 


Sus cuadros rememoran aquella Castilla vieja, recia, labriega de casas de adobe. La de los campesinos del cerrato y segadores de lomo doblado, alpargata y sombrero de paja, de rostros cuarteados y curtidos por el sol y manos encallecidas por el trabajo del campo. Su pintura siempre se mantuvo arraigada en la honda Castilla. En su alma, en sus gentes y en sus austeros paisajes. Fue un pintor de fuerte raigambre costumbrista, que combinó un realismo lírico con influencias de corrientes impresionistas. Su estilo se caracterizaba por una pincelada suelta pero controlada, con una notable sensibilidad en la representación de la luz y los paisajes.


Características principales de su obra:

Paisajes y escenas rurales: Estuvo profundamente influenciado por los paisajes de Zamora, su tierra natal. Campos, pueblos, ríos y cielos amplios fueron elementos recurrentes en su trabajo. En sus lienzos se percibe una nostalgia por la vida rural, así como una admiración por la belleza natural de su entorno.

Uso de la luz: Castilviejo destacaba por su dominio del uso de la luz. Al igual que los impresionistas, supo captar los efectos cambiantes de la luz natural en los paisajes, dándoles un aire de vitalidad y dinamismo que atraía a los espectadores.

Retratos y escenas de la vida cotidiana: Aunque los paisajes dominaban su obra, también pintó retratos y escenas de la vida cotidiana, en las que reflejaba la vida sencilla y los personajes de los pueblos zamoranos. En estos cuadros, Castilviejo mostró un profundo respeto y cariño por las personas que representaba, capturando su carácter y dignidad.

Colores y atmósferas: Su paleta de colores era cálida, llena de ocres, verdes y azules que evocaban las estaciones del año y los diferentes momentos del día. Este manejo del color contribuía a crear atmósferas envolventes en sus paisajes.