viernes, 20 de marzo de 2026

REFLEXIÓN: DIGNIDAD


Sean Penn no acudió a la ceremonia de los Oscar. Estaba en Ucrania, a donde ya viajó en 2022 para darle uno de sus premios de la Academia al presidente Volodimir Zelenski. Corina Machado, por el contrario, se lo regaló en su visita a la Casa Blanca a Trump en enero pasado. El gesto de Penn hace cuatro años en camiseta resultaba de una dignidad emocionante. El de María Corina, vestida con un traje de chaqueta y pantalón, resultó una de las humillaciones más tenebrosas como gesto en el panorama de la política global de nuestros días.

Tiene competidores María Corina en ranking de líderes babosos, herederos de Chamberlain ante Hitler, que se arrastran hoy ante Trump. Del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, a Ursula von der Leyen o el canciller alemán Merz, son demasiados quienes se desgañitan en méritos para no sulfurar a la bestia. Su propio temor a ser humillados les hace confundir el hecho de que con su actitud les sobra para caer en lo más bajo. Se autoinfligen un desprecio que de paso sufren aquellos a quienes representan. Lo pagarán. No entienden que el atropello ejercido desde el poder en base al escarnio público para quienes consideran vasallos supone el propio castigo: un error evidente como un abuso de poder ante los ciudadanos que lo contemplan.

Además, no sabemos bien qué pretendía Machado respecto a un cambio de actitudes en el comportamiento de Trump. El presidente entendió de manera tan particular y motivadora el gesto simbólico -ni más ni menos que tener en sus manos el Nobel de la Paz- que dos meses después bombardeó Irán junto a su amigo Netanyahu. María Corina fracasó estrepitosamente, por tanto. Y humilló con su gesto no solo a buena parte del pueblo venezolano que incluso la apoyaba antes, también a los demócratas en cualquier parte que la pudieran ver con buenos ojos como una opción de futuro en su país, algo que personalmente nunca me he creído. 

El gesto de Penn nos habla justo de lo contrario. Se plantó entonces la estrella del cine ante Zelenski, el único líder que en la Casa Blanca ha sabido mantener bien alta la dignidad de su pueblo precisamente al verse atacado por unas fieras que se la querían arrebatar, lo sacó de una mochila como quien saca un bocata y se lo entregó: “Esta cosa es una chorrada simbólica”, le dice el actor, “pero sabiendo que se queda aquí, me siento mejor mientras dure la lucha”. Poco más. Aquello bastó. A mí me bastó. El tiempo que nos ha tocado vivir se ha convertido en todo un cruce paradigmático sobre el tena de la dignidad en un escenario donde esa escasa virtud resalta como un destello radical de esperanza cuando salta ante nuestros ojos. Si Zelenski aguantó los embates de los aliados de Putin en la Casa Blanca aquella tarde y en otras muchas ocasiones como muy pocos han hecho, Machado representó todo lo contrario: una clamorosa ausencia de dignidad que la descalificó rotundamente.

Consciente de lo que significa esa palabra e incluso de dónde salir a buscarla, Sean Penn eligió a conciencia no acudir a la ceremonia de entrega donde era candidato a un gran premio y volvió a Ucrania. Cambió el hecho de ser reconocido con un momento de gloria ante el mundo para multiplicar ese efecto en Kiev, donde realmente debemos poner el foco. Esta vez recibió un Oscar de metal que le habían hecho con material de trenes bombardeados por los rusos. Prefiere todavía plantarse allá en camiseta al glamur de los cócteles. En todo caso, algún bombón de bienvenida en la mesa para endulzar el momento junto a unos hombres que luchan por mantener los principios básicos de la democracia. Aquellos que durante un periodo ínfimo de la Historia lograron un mundo mejor, ese mundo que hoy vuelve a estar amenazado por los nuevos tiranos que nos aplastan.

jueves, 19 de marzo de 2026

POESÍA: MÉRITO


No soy, ni he sido

experto en nada, 

lo único que me ha sacudido

como un rayo, 

ha sido la curiosidad. 

Solo ahí está el mérito, 

si es que lo tengo, 

he permitido

que invadiera mi casa

y me dejé llevar. 

Me gusta analizar

las teorías

de los primeros filósofos

y me abandono a la belleza

de cualquier tipo de arte. 

Siento

-y quizás no sea yo

quien lo siente, sino

un alma que ya ha muerto

y que me sueña-

que leerles me revela

los restos perdidos

de los primeros murmullos

de la conciencia humana, 

el don del pensamiento

donde todavía estaban

aprendiendo a nombrarse

cultura y filosofía. 


Ahora que me siento más

como una declaración

que como un lobo estepario, 

no me queda más remedio

que permitirle al humano

liberar los dones y tragedias

del humanismo, 

que sea devorado

por la pasión creativa, 

que siga cumpliendo

su propósito mientras yo, 

como buen esclavo, 

me pierdo en los abismos. 

Puede que caiga hasta el fondo

de un espejo que ha guardado

mi imagen desde el principio

de los tiempos. 

Por eso me atrevo

a enviarte este mensaje, 

aún sin ser experto en nada:

que te sumerjas en la vida

y en sus propias contradicciones. 

Que seas drástico

en tus juicios

pero respetando el juicio ajeno, 

drásticos contigo mismo, 

pero sin permitir que te dañen

las sentencias de los demás. 

No hay nada malo

en confrontarse, 

en presentar batalla si fueses

impelido a ella

por la voz de tu conciencia. 

Pero siempre teniendo claro

que la paz es el camino

y al mismo tiempo la meta. 

miércoles, 18 de marzo de 2026

PINTURA: HALFDAN EGEDIUS


Aunque su vida fue breve, Halfdan Egedius dejó una impresión duradera en el arte noruego. Su talento artístico fue descubierto desde el principio y comenzó su formación en la escuela de pintura de Bergslien cuando tenía nueve años. Durante su formación en Kristiania, entre sus profesores también se encontraban pintores de renombre como Erik Werenskiold y Harriet Backer.

El arte de Egedius representa una ruptura con el realismo hacia un estilo más atmosférico, como se ve en sus formas simplificadas, colores tenues y pinceladas onduladas. Pero, sobre todo, las pinturas de Egedius muestran su personal interpretación de paisajes y entornos.

El cuadro El soñador continúa la revitalización en la década de 1880 del retrato del artista como género. El compañero pintor de Egedius, Torleiv Stadskleiv, doce años mayor que él, está retratado en una granja en el pueblo de Bø en Telemark, donde Egedius pasó el verano de 1895. El retrato es majestuosamente simple e informal. Mirando hacia la luz que se filtra, la figura se sumerge profundamente en sus propios pensamientos. Está situado un poco a un lado en el plano pictórico, con la mancha de sol en el suelo como contrapunto. La pintura está organizada cromáticamente alrededor de una sección media en blanco y negro, rodeada por el esquema complementario de rojo, amarillo y verde, con los calcetines rojo brillante del hombre y la silla de troncos como elementos llamativos.

La pose alude a un motivo popular en la historia del arte: el pensador melancólico. Este motivo fue apropiado y rearticulado en el fin de siglo del siglo XIX por artistas como Auguste Rodin y Edvard Munch. En la pintura de Egedius, el tema se formula de una manera más realista y mundana.

OPINIÓN: DECEPCIÓN EN LOS OSCAR


Me encanta el cine, pero salvo con honrosas excepciones, cuanto más películas veo, más tentación tengo de refugiarme definitivamente en el cine clásico. Desde luego, lo que ya no soporto son las galas donde los miembros de ese mundo se reúnen para entregarse premios. Se me han vuelto insoportables. Me atreví a ver algo de los Oscar de este año y ha sido asombroso comprobar cómo Hollywood ha decidido vivir al margen de la realidad. El mundo en llamas por capricho de su presidente y ellos haciendo bromas sobre la que había liado Timotheé Chalamet con el ballet. No se trataba de montar una asamblea política, pero la ignorancia deliberada de Hollywood a las consecuencias de las acciones de su país ha llegado a niveles tan escandalosos como para que tuvieran que ser los extranjeros de la fiesta los que señalaran, tímidamente, el elefante en la habitación. Fueron los aliens, por adoptar la jerga legal y deshumanizadora que ha popularizado Donald Trump sobre los migrantes, los que evidenciaron la marcianada de ignorar el dolor de los demás. “No a la guerra y Palestina Libre”, verbalizó escuetamente Javier Bardem al entregar el Oscar a Valor sentimental como mejor película internacional. “Todos los adultos son responsables de todos los niños. No votemos a políticos que no se lo tomen muy en serio”, dijo el director noruego de la película premiada, Joachim Trier, que ha explorado la estrecha relación entre el racismo y la homofobia de su país. Se podría decir que esos fueron los dos ¿grandes? alegatos políticos de una fiesta empeñada en rascarse la espalda, ajena a lo que estaba sucediendo fuera.

“Vivimos tiempos muy caóticos y aterradores. Es precisamente en momentos como estos cuando los Óscar cobran mayor relevancia”, aventuró Conan O’Brien, el presentador de la ceremonia, al inicio de la gala, advirtiendo de que en la noche podría “hablarse de política”. Se equivocaba. Ni Trump ni Netanyahu fueron citados. Nadie recordó a las niñas que murieron en el bombardeo de escuela de primaria Shajarah Tayyebeh de Irán. “No sé si va a ser una gala reivindicativa”, pronosticó acertadamente Javier Bardem al micrófono de Cristina Teva, reportera que lleva dos décadas informando desde la alfombra roja. “De lo que sí tengo muchas ganas es de que la gente no tenga miedo y hable y diga lo que tenga que decir. Se puede pertenecer a este circo y al mismo tiempo ser ciudadano. Se puede o se debería poder hacer las dos cosas”, añadió. Ganó el circo. Y si algo quedó claro es que ya no se pueden hacer esas dos cosas a la vez. También el mundo ha cambiado en esa cuestión y, como no podía ser de otra manera, para peor. 

martes, 17 de marzo de 2026

EPISTOLAR: UN NUEVO MUNDO


Querido amigo: Celebro que hayas salido del coma y aprovecho para ponerte al día. Ya sabes que nunca haré como el protagonista de Good Bye, Lenin!, que recreó el Berlín del muro y el comunismo para que su madre no se disgustara al despertar. Ganas me daban, pero esto es lo que hay. Al recuperar la conciencia, me preguntaste quién ganó la guerra y, cuando te dije que Rusia, te entristeciste mucho: ¿Entonces cayó Zelenski?, reaccionaste, abatido. Y me di cuenta de tu equívoco. Por ello te aclaro las cosas.

La guerra de Rusia contra Ucrania sigue estancada con muchas dificultades para Volodímir Zelenski, que resiste con una heroicidad del tamaño del imperialismo ruso, aunque el nuevo presidente de EE UU le humilla y cancela la ayuda militar. ¿Qué guerra ha ganado entonces Putin? Otra, querido amigo, otra que ha estallado en tu ausencia: la guerra de Irán. Mientras dormías, Estados Unidos e Israel atacaron al país de los ayatolás, se cargaron al líder supremo y a unas miles de personas más, pero, de momento, no han podido con el régimen. ¿El resultado? El petróleo se ha disparado, la inflación amenaza de nuevo la economía mundial y, horror: el nuevo presidente de EE UU ha levantado las sanciones a Rusia. Putin podrá volver a vender petróleo a mansalva, llenar sus arcas y atacar con más saña a Ucrania. Siento darte esta noticia.

Y no es la única mala. Ya sabes que todas las guerras son nocivas, pero ésta a la vez es divergente: los atacantes se han desacoplado. Mientras Netanyahu se crece en ellas —ahora está devastando Líbano como antes Gaza y no tiene intención de aflojar en los bombardeos a Irán— Trump no lo tiene tan claro. El 90% de los israelíes están a favor de esta guerra, pero el 56% de los norteamericanos están en contra. El interés del Gobierno israelí es debilitar por completo a Irán, sin prisa, pero el de EE UU es no machacar por completo el bolsillo de sus ciudadanos, que empiezan a sufrir el alza del petróleo.

Y una más. ¿Sabes quién ha perdido la guerra? Europa. Nuestro continente se fractura, que es justamente el objetivo de Trump. ¿Creías cuando quedaste en coma que nos quedaba una Europa fuerte como baluarte del orden basado en reglas y la sensatez internacional? Desengáñate rápido. En tu ausencia, también eso ha muerto. La propia presidenta de la Comisión ha despedido esos buenos tiempos y está entregando a Trump en bandeja nuestra endeblez. Siento decirte todo esto, pero me pediste sinceridad. Bienvenido a un nuevo mundo, igual hubiera sido mejor para ti haber seguido dormido. 

lunes, 16 de marzo de 2026

POESÍA: ESPERANZA


Te esperaba como 

a un advenimiento,

como sonido de campanas 

al amanecer.


Tú estabas allí

con un puñado de siglos 

respirando en los ojos

de mucha gente,

manantiales 

en la concavidad 

de tus manos

donde saciaban

su sed los que sufrían,

y relámpagos 

en el anochecer 

de tu mensaje.


Te deslizabas 

sobre mi conciencia

como la mujer 

que camina descalza

para no despertar

lo que está dormido 

bajo la tierra.


Tu espíritu 

me recibía dulcemente

como recibe la rosa

la mirada inocente 

del condenado.


Contigo creí en la vida

y el efecto que causabas

entraba veloz en el porvenir 

de mis noches.


Te puse un nombre

y, aunque ha habido

momentos en que he creído

haberte perdido, 

siempre has estado

y seguirás estando a mi lado. 

domingo, 15 de marzo de 2026

POESÍA: LA PARTIDA


No es fácil contener 

este desasosiego

de caballos que quieren 

partir en tu busca.

No es fácil realizar 

este conjuro preliminar, 

ensalmo que propicie

la expedición 

y ensimisme las mentes.

No será fácil encontrarte.

Pero el ejército 

que he dispuesto

lo forman hombres 

que no tienen nada que perder. 

Todos han sido

seleccionados con esmero. 

Bulle en su interior

un motivo tenaz para buscarte,

distinto del amor o la codicia,

que son impulsos breves, 

quebradizos.

No mueve el corazón 

empedernido de estas gentes

deseo ni venganza, 

afán de recompensa,

sino algo más profundo, 

más huraño,

que la persecución 

irá esclareciendo

y el encuentro 

-porque vas a ser encontrado-

revelará en su dimensión final,

toda su grandeza y su miseria

oscura, elemental.

He pasado revista. Nadie falta. 

Lanzo al aire la moneda 

que fijará la ruta.

El viento amaina y la noche 

se alza e inclina aquiescente. 

Relajo poco a poco la brida, 

incontenible ya. 

Partamos a la búsqueda

de nuestro futuro. 

REFLEXIÓN POÉTICA: LOS MÍOS


Los ingenuos. Los frágiles. Las almas cándidas. Esos a los que llaman flojos y tibios y buenistas y cosas peores. Los que no gritan. Los que escuchan. Los que se ponen en la piel de otros, a los que no conocen. Los que cuidan y preguntan qué tal estás con una curiosidad sincera. Los honestos que van de frente y sin doblez. Los que se revuelven aunque les critiquen, porque siempre critican. Los que hacen aquello que creen que tienen que hacer. Los que dudan y, en cambio, tienen clara la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Los que hacen preguntas pero no son equidistantes: los que se hacen preguntas para no ser equidistantes. Los que podrían dormir tranquilos y, sin embargo, se desvelan. Los que sufren y conviven con un malestar que no es por ellos, o no es solo por ellos, sino que es también por los demás. Los que se atreven a decir no estoy bien y algo me pasa. Los que se inquietan por la deriva del mundo. Los que saben dónde está la injusticia, y se rebelan.

Los que discuten que siempre gane el más fuerte y el que más se aproveche. Los que piensan que sirven de algo sus pequeños gestos, sus gestos minúsculos que no importan a nadie, y construyen a su alrededor un lugar pequeño pero seguro, un refugio sin algoritmos. Los discretos. Los que se ríen. Los que no pasan los días enfadados, ahogados por la bilis de sus reproches. Los que se dan cuenta de sus rencores y saben qué hacer con la rabia. Los que conocen su sitio y desde qué altura han de mirar a los demás. Los que tratan de cambiar algo por mucho que asuman que el mundo más global lo dominan en realidad muy pocas manos. Los que confían en la condición humana y se acuerdan de que, incluso tras el espanto de la Segunda Guerra Mundial, Camus escribió de la solidaridad entre los hombres y se congratuló de quienes cumplieron con su deber, más allá de su ideología. Los que tienden la mano. Los que no lo dan todo por perdido porque distinguen el realismo de la resignación. 

Los que oyen el griterío y piensan que aun así vale la pena. Los que recuerdan, ahora más que nunca, que la alegría se ha vuelto revolucionaria, aunque no llegue a serlo tanto como otro principio sencillo y universal: tratar de ser buena gente. Son los míos y están ahí, aunque no salgan en los titulares de las noticias.