
La palabra perder se ha vuelto una de más tajantes. A falta de criterios mejores, pensamos nuestras vidas como una hoja de contabilidad donde se asientan entradas y salidas, un proceso comercial donde se ve cuándo ganamos, cuándo perdemos. Darle un valor —cuantitativo— a cada acto, ver si obtenemos más que lo que damos y así de seguido. Como “perder” y “ganar” se nos han vuelto decisivos, debemos simular que sabemos —que de verdad sabemos— cuándo se pierde y cuándo se gana. Y lo único que sabemos es que en la vida no se puede saber. Tampoco es necesario. Hubo largos momentos, muchas sociedades, en que nadie habría pensado en medir su vida en términos de triunfo o de derrota: había nociones más complejas. Hubo momentos, por ejemplo, en que nada se creía mejor que aportar algo al bien común, al bienestar general. Ahora, cuando eso parece —en el mejor de los casos— una ingenuidad, solo gana el que gana para sí. Y ganar, está muy claro, es poseer: poseer más dinero, más fama, más ¿belleza?, más influencia, más poder de seducción, más poder de poder.
Esta es, en ese sentido, una sociedad fofamente satisfecha: sabe dónde está —para ella— el bien, dónde está el mal, dónde el triunfo y la derrota. Por eso se nos hace más fácil clasificar, decir un resultado. Por un lado están los pocos ganadores que han cumplido con esas metas, por el otro los demás, nosotros, la inmensa legión de “perdedores”. Y no hay palabra en nuestras sociedades más descalificadora que esa: perdedor.
Por suerte, perder en términos contables, perder esa carrera tonta por los bienes y las apariencias, no es la única forma de perder. Si lo fuera, la palabra perder sólo sería la prueba de nuestra incapacidad de construir una sociedad que valiera la pena. Pero también se pueden perder los papeles, perder la vergüenza, perder la paciencia, perder los estribos, perder la cabeza, perder la cara, perder la calma, perder el alma, perder el habla, perder la fe, perder las ilusiones, perder la perspectiva, perder la compostura, perder la virginidad, perder el rumbo, perder la razón, perder la honra, perder la inocencia, perder la oportunidad, perder el sentido, perder un hijo, perder un padre o madre, perder el respeto, perder el miedo, perder una carrera, perder la mano, perder pie, perder peso, perder comba, perder aire, perder facultades, perder sangre, perder la vida, perderlo todo, perderse —y más y más y más y cada una de esas pérdidas es una gran historia.
En cualquier caso, nos pasamos la vida perdiendo. Perdemos tanto que, al final, podemos incluso creer que alguna vez tuvimos algo. Para eso sirve, quizás, esta idea de que siempre perdemos. Hasta que terminamos de aceptar que uno puede perder tanto más que lo que tiene. Eso es, para algunos, la sabiduría; otros dicen que los que se lo creen están perdidos.