Es
como sentarse
al sol
en las tardes tibias
de otoño.
Es
como entregar
al viento
la piel desnuda.
Es
como soltarse
el alma,
el corazón,
las amarras.
Se parece,
lejanamente,
a ser feliz.
como sentarse
al sol
en las tardes tibias
de otoño.
Es
como entregar
al viento
la piel desnuda.
Es
como soltarse
el alma,
el corazón,
las amarras.
Se parece,
lejanamente,
a ser feliz.
Su primera formación la obtuvo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) con el profesor y pintor belga Carlos de Haes; posteriormente, su marcha en 1879 a Bruselas le permitió matricularse en la Real Academia de Bellas Artes de Bélgica con el pintor Van Sevendonck y en el estudio del pintor Joseph Quinaux, que había sido a su vez profesor de Carlos de Haes, siendo Quinaux su verdadero maestro. Todo ello dio lugar a que Regoyos se desarrollara como pintor en los ambientes artísticos bruselenses, terminando por ser miembro del círculo de L’Essor (El vuelo, 1880-1883) y después del revolucionario e intransigente círculo de Les XX (1883-1894), del cual nuestro artista formó parte desde su fundación hasta su disolución. Amante y defensor del paisajismo, se enfrentó con el academicismo en España, practicando a fondo el impresionismo, el divisionismo y el simbolismo mediante su serie La España Negra.
en ese silencio oceánico,
en ese abismo conjurado
y metafísico de los horóscopos,
saboreando las manzanas
que heredamos de un festín.
Todos saben que la vida
es una doctrina del sueño,
un nombre sangriento
en los ojos de las madres,
una parábola
en la noche muerta,
un arduo y espléndido
monumento de uno mismo,
de gente naufragando
en el desierto
de las aguas muertas,
como sonámbulos
de recuerdos encarcelados
en el devenir de la existencia.
Se escuchan gritos dolientes
en los arrecifes de la madrugada
que buscan una razón
para la esperanza
en las plazas y los templos,
por el dialecto de las sombras
que reflejan los mares
donde se llora eternamente.
No debería venir la vida
cargada de razones
para el lamento
de un conjuro del sueño sin fin,
el infierno del suicida
frente al espejo de su historia,
hombres que se pudren
en el reino de la cruz,
callando, soñando, póstumos,
muriendo en los archivos
de la memoria desnuda y sola.
Son quienes buscan
en los ojos de los reptiles
y en las pieles de las bestias
asesinar el dolor
de tanta ausencia,
el dolor de labios sangrando
en cuerpos amados,
como ángeles
que se revelaron a su signo.
No sé si pueda
arrancarme los ojos
y no ver nunca más
todo ese ritual
de sufrimiento que me rodea,
de víctimas bendiciendo
los hechos
de una especie maldita.
Cuando muera quiero ir
adonde estén los poetas,
esos brujos cansados
de levantar su canto
a los mares que nos recorren,
en la miseria de los días.
Cada cual con su linaje
de crear belleza y emoción
a partir de la escritura.
Y mientras tanto mírame aquí,
despreciando profundamente
a la esfinge de la sinrazón,
intentando que mi voz
llegue hasta donde
no alcanzan los ojos.
Cómo arrancar de mi alma
ese tatuaje cabalístico,
esa rosa amarga en que suelen
convertirse los mejores ideales.
Los gazatíes pugnan por atraer la atención internacional con sus hermanos de Cisjordania, sometidos por la extrema derecha israelí a una virulenta ofensiva colonizadora en toda regla. Empezó propiamente como un efecto colateral perverso de la guerra en la Franja y se intensificó desde octubre pasado con la mal llamada tregua negociada por Trump y sistemáticamente boicoteada por Israel. Supera el millar el número de los gazatíes fallecidos por ataques israelíes durante este alto el fuego, una cifra similar a la de los palestinos de Cisjordania muertos por el ejército israelí o por los colonos sin que hubiera guerra desde el 7 de octubre.
Así de cruentas son las treguas de Trump y Netanyahu en el profundo agujero negro de la desatención y del olvido que es Oriente Próximo. Gaza compite con Cisjordania y ambas con el sur de Líbano, el estrecho de Ormuz e incluso con los hutíes de Yemen, bajo la batuta del director de la orquesta y maestro en atraer y distraer la atención mundial que es Donald Trump. En las decretadas por Trump se sigue disparando, sus planes de paz nunca empiezan a aplicarse y sus bravuconadas belicistas terminan diluidas ante las advertencias de los mercados y el descontento creciente entre sus propios partidarios.
Si Trump es maestro de la atención, Netanyahu sobresale en la hipnosis de la seguridad. Todo le está permitido con tal de mantener viva un arma política tan eficaz, con la que Israel mantiene bloqueado el plan de paz para Gaza y persiste en su ocupación militar. Diez meses después de que empezara la tregua, todavía no ha entrado ni un solo periodista extranjero en la Franja, como si Netanyahu hubiera reaccionado drásticamente ante la advertencia del columnista del Times de Nueva York (29 de mayo de 2025), Thomas Friedman, sobre el horror que aparecería a ojos de todos el día en que las cámaras de todo el planeta, y no solo las árabes, mostraran las imágenes de muerte y ruinas en que ha sido convertida Gaza.
y como lentamente,
me convierto en otro:
siempre en otro.
Como esas flores
tristes del florero
que se apagan de a poco,
me vuelvo un manojito
mustio y ceniciento,
todo mi cuerpo sabe
que en cualquier momento
comenzará el tránsito
que lleva a la muerte.
Y sin embargo qué,
los que llegamos
a esta edad
seguimos vivos.
Y mi cuerpo
reconoce
los signos de esa vida
con la precisión
de la sabiduría:
aquí está mi piel,
aquí mi corazón
y de pronto soy un alma
que aún tiene
mucho que aprender.
Envejecemos, claro.
¿Y qué?
Todavía
iluminamos las estrellas,
aún sentimos correr
la sangre
por nuestras venas.
se encuentra
el bosque del mundo.
Todas las montañas
y los ríos.
Todos lo cielos.
Todas las ciudades .
Detrás de esta puerta
hay un corazón
y un antifaz.
Un peluche que sonríe.
Y un sol que brilla
en medio del universo.
Es como entrar
en una pantalla
de ordenador,
en la página
de un libro reluciente,
en la blancura de la nieve.
Cierra los ojos.
Solo creen
quienes quieren creer.
En realidad
las puertas no existen
para quienes aprenden
a ver más allá de ellas.
una inmensa pena
pensar en lo que queda.
Lo que queda de mi vida.
Lo que queda del mundo.
Pienso mucho
en lo que queda
y en lo que no está.
Pienso en las ballenas.
En si existirán en el futuro.
Pienso en los niños
que crecerán estudiando
un mundo virtual.
Niños que conocerán
los glaciares
en las imágenes de internet.
Y aprenderán que los osos
hurgaban en la basura.
Y que los salmones
confundidos flotaban
en corrientes desatinadas.
Sabrán de las algas marrones
y del mercurio que yace
en el fondo del océano.
Junto a toneladas de desechos.
Niños que habitarán
un mundo diferente.
Una tierra vaciada.
Pero el verano.
El verano es diferente.
Es un momento de pausa.
Ir a la playa o a la montaña.
Llevar a los niños.
Armar castillos de arena.
Y de regreso, el cansancio.
Dormirse con los cachetes
rosados de sol.
Ese sol que queremos
pensar benevolente.
Porque nos trae recuerdos
de la infancia.
Y sin embargo...
El mundo arde
y la vida se seca, lenta,
pero inexorablemente.
También la mía,
aunque esto último
sí que es inevitable.
Chambon construye en sus pinturas un universo único y surrealista, representando atmósferas palpables de tensión, ejecutadas con precisión y rigor. Hay un aparente dualismo en sus temas que son a la vez silenciosos y peligrosos, siniestros y dulces, íntimos y públicos, con sombras e inferencias que revelan pistas inesperadas en cada composición.
Los sueños y una sensación surrealista de voyeurismo son temas recurrentes en la obra de Chambon, el último de los cuales es evidentemente dominante en la obra L’indiscret (1956). Esta obra representa una figura femenina de pie, apenas vestida, sometida a lo que parece ser un acto de voyeurismo. La identidad del voyeur no se revela, sugerida únicamente por la sombra en la ventana, que de repente se revela en la posición del espectador del cuadro. Así, el espectador se convierte en voyeur en un giro autorreflexivo, y de repente se incorpora a la obra. Esta escena recuerda la aclamada película de Alfred Hitchcock, La ventana indiscreta, estrenada dos años antes, con su sensación de suspenso y narrativa interrumpida. Chambon elige cuidadosamente la pintura estrechamente construida, la luz, las sombras, los planos y la paleta oscura y rica para comunicar la atmósfera tensa, un encuentro que permanece inexplicable.