No obedecen porque
no reconocen jerarquías,
ni pretenden imponerlas
sobre los demás.
Ninguna voz los somete,
ningun mandato
les sirve de brújula.
Obedecer, para ellos,
sería una rendición sin motivo,
una renuncia al alma
que los nombra.
Rechazan con firmeza
la caricia no pedida,
la orden disfrazada de halago.
No temen el aislamiento,
no lloran si no los buscan:
conviven con la soledad
como quien comparte el lecho
con una hermana que nunca hiere.
Para ellos, el aislamiento
no es castigo,
sino refugio donde
la identidad respira intacta.
He descubierto en su distancia
una forma distinta de cercanía,
un vínculo que no necesita
proximidad constante
para ser profundo.
La soledad no es vacío,
sino presencia sin testigo.
Y testigos de sí mismos,
sin público ni aplauso,
nos enseñan que hay libertad
en no necesitar la mirada
del otro para ser real.
La lealtad de los gatos
no es servidumbre,
es elección silenciosa
que cambia de forma,
pero no de fondo.
No vienen cuando los llaman
y sin embargo llegan
cuando más los necesitamos.
No porque se les ordene,
sino porque ellos deciden.
Y en ese acto
—ínfimo, grave, perfecto—
la obediencia
se vuelve irrelevante,
y la soledad,
una dignidad intacta.









