Discrepo y mucho de lo que tanto dicen algunos sobre que José Luis Rodríguez Zapatero era un adalid de la izquierda, una afirmación con muy mala memoria. Zapatero dejó de ser de izquierdas el día que llevó al Congreso una reforma exprés de la Constitución que trajo recortes salvajes. Entonces tenía en el Gobierno a ministros como Celestino Corbacho cuyo discurso sobre inmigración no dista mucho de algunas de las proclamas que se hacen hoy desde el extremo derecho. Su gobierno profundizó también en recortes de derechos laborales que dejaron a la clase trabajadora en pañales. Y en cuanto a la afirmación de que acabó con ETA, lo consideró un insulto a los demócratas en Euskadi que tanto sufrieron al enfrentarse con tantísimo valor a la banda armada hasta conseguir su disolución.
En cuanto a lo que ahora está ocurriendo, no hace falta llegar a los delitos de corrupción para que la actividad de muchos expolíticos tenga elementos que denotan turbiedad ética. Cuando el ciudadano de a pie ve como los retirados del servicio público engordan sus cuentas corrientes con generosos ingresos por labores de asesoramiento y presencia en consejos de administración no puede evitar preguntarse para qué se metieron en política en realidad. Para cambiar el mundo, mejorar la vida de las personas, ser parte de esa cosa tan noble que es la democracia. Los sueldos que les pagamos por su servicio son justos, más cuando se comparan con lo que ganan quienes salvan vidas o quienes educan a los nuevos ciudadanos (que también es salvar vidas). Que eso no les baste y se aprovechen de su paso por las instituciones para lucrarse o para facilitar el lucro de familiares cercanos ya resulta de por sí muy feo. Más cuando, como ha venido haciendo en los últimos años Zapatero, uno se va paseando por tribunas y platós de televisión como adalid de la superioridad moral de una izquierda que hace tiempo que perdió su nombre. Y la vergüenza. Ya era un escándalo que quien contribuyó de un modo decisivo al empobrecimiento de los trabajadores españoles (recortes de pensiones y sueldos de funcionarios y ayudas de todo tipo) no se retirara discretamente a sus aposentos por el daño que hizo. Ahora el auto del juez Calama aporta múltiples pruebas de indecencia y nepotismo. Que acabe siendo condenado o no es lo de menos, su vida post política ya es un duro mazazo para la izquierda. Ante los ojos de quienes defendemos la justicia social, la igualdad y el reparto de riqueza lo que queda es un paisaje desolador de orfandad absoluta.







