Que enorme
diferencia
en tan corto
espacio,
en una línea
diminuta:
Los extremos
de la curva
son lo único
que permanece,
en la comisura
de los labios
al pasar del llanto
a la sonrisa.
diferencia
en tan corto
espacio,
en una línea
diminuta:
Los extremos
de la curva
son lo único
que permanece,
en la comisura
de los labios
al pasar del llanto
a la sonrisa.
Estos aspectos se observan en Vendimia en la Ribera del Duero (1979), de José Vela Zanetti, donde los vendimiadores y las vendimiadoras son los protagonistas de la composición. Se encuentran ataviados con la indumentaria característica como eran las faldas, los delantales y los pañuelos o sombreros de paja para las mujeres, y pantalones, chalecos, fajas y sombreros o boinas en el caso de los hombres.
Al final del cuadro, y como un elemento secundario, se vislumbra de nuevo la figura del relieve castellano, las lomas y cuestas de los páramos, en colores más amarillentos, más secos tras la siega del cereal que ha tenido lugar unos meses antes y que han provocado su desnudez, situación que se repetirá una vez que finalice la vendimia cuando los viñedos, poco a poco, vayan quedando desprotegidos de las hojas que cubren su cuerpo y se encuentren sin ninguna defensa ante el frío y largo invierno castellano.
En esta obra se incluye un nuevo elemento, el carro, una pieza clave en el paisaje rural de mediados del siglo XX y que ha sido representada en otras composiciones de carácter agrario. Se observa como los hombres están subiendo los grandes cestos de uva que trasladarán a la bodega para elaborar el vino, un sistema de transporte que ha quedado completamente abandonado a favor de los modernos tractores con sus remolques, por lo que se puede ver un nuevo cambio que ha tenido lugar en este tipo de paisaje.
El colorido adquiere mucho valor en esta obra, sobre todo los rojos, naranjas y amarillos que se combinan para escenificar los viñedos de esta emblemática bodega vallisoletana en Valbuena de Duero en uno de los periodos con mayor explosión cromática que poseen los campos castellanos, el comienzo del otoño. Visión que logra Castilviejo con pinceladas sueltas sobre el lienzo a la hora de representar las hojas de las cepas.
Como elementos secundarios que terminan de configurar el paisaje se distinguen la casa que se encuentra inmersa en los viñedos, el conjunto de pinos propios de este sector de la región y unos cerros que dan la sensación de encontrarse en una zona más elevada de lo que en realidad es como consecuencia de la escala empleada, ya que el cuadro se encuentra ambientado en las terrazas centrales del río Duero con formas del relieve más suaves.
Las hemerotecas están llenas de alegatos contra las ampliaciones del derecho al sufragio. Las más famosas fueron las que se usaron contra las mujeres, que en España esgrimió la izquierda, temerosa de que todas aquellas amas de casa dominadas por los curas votasen en masa a las derechas. Pero antes hubo recelos contra los pobres. ¿Cómo iban a votar esos pordioseros? Cuando España iba a entrar en Europa, en 1985, se abrió otro debate muy actual: el voto de los musulmanes de Ceuta y Melilla, quienes, pese a ser hijos, nietos y bisnietos de ceutíes y melillenses, no tenían la nacionalidad española. El argumento en contra era que montarían un partido islamista y anexionarían las ciudades a Marruecos. Cuarenta años después, todos esos nacionalizados —y sus hijos y sus nietos— presumen de un patriotismo español que no tiene Abascal, por mucho que grite.
Hoy el coco que viene a destruir España son los descendientes del exilio, sujetos de una reparación histórica que sería un insulto si se limitase, como pretende ahora el Supremo, a una ciudadanía honoraria. A mí no me inquieta que se amplíe el censo porque, a diferencia de tantos, no lo concibo como un club privado con gorilas en la puerta, sino como una aspiración lo más universal posible. A mí me inquieta que este proceso haya sacado a la luz a tantísimos nietos con derecho a la nacionalidad, lo que revela, en términos estadísticos fríos y crueles, la magnitud del exilio, la cantidad de compatriotas que se vieron expulsados de su país por la violencia y el brutalismo. Me estremece que, dos generaciones después, se les siga tratando con soberbia y sospecha, como una cohorte de antiespañoles, en la más vieja tradición de un país que yo también siento que tampoco es el mío.