No suplican alimento,
lo exigen con la dignidad
de quien jamás ha aceptado
sobras con sonrisa.
Se sientan frente al cuenco
con la certeza
de que no están pidiendo:
están recordando que existen.
Y comen sin premura,
sin los modales del vencido,
con esa lentitud
que no teme interrupciones.
Yo veo en sus gestos la pureza
de una necesidad sin culpa.
Cazan sin odio,
matan sin odio,
muerden sin odio.
No hay guerra en su acecho,
solo oficio.
No hay crueldad en sus dientes,
solo técnica.
Y aun así, el mundo les teme
como a lo que no necesita
adornar su violencia
con discursos de justicia.
Yo, que he sangrado
por causas que no eran mías,
los miro con envidia:
ellos no se confunden de enemigo.
Su combate no es masacre,
su victoria no es desfile.
Una vez vi como un gato
atrapaba un gorrión
y luego lo soltaba, no por piedad,
sino porque ese día
no necesitaba matar para vivir.
Y entendí que la necesidad
es mas limpia que el deseo.
Ellos no matan por arte,
ni por fama, ni por venganza.
Solo porque el cuerpo
lo pide con la precisión
con que el invierno pide
abrigo y no discurso.
Yo, que he deseado
venganza con el hambre
de quien fue traicionado
por confiar,
aprendo de su olfato
a distinguir el instinto del rencor.
No se manchan con lo innecesario.
El mundo no necesita sentido,
solo orden.
Y en sus rutinas
de depredadores medidos,
ordenan el caos
sin violencia gratuita.
Si los ves matar, no los acuses:
obsérvate a ti mismo,
comiendo con las manos limpias
tras haber pedido a otros
que hagan por ti la matanza.
Ellos, al menos, asumen
el precio de su carne.









