Mi amigo llegó a España ilusionado. Con los ojos de un niño al que le resultaba extraño ser ahora el otro, la alteridad. Esa ilusión, con el paso de los años y la toma de conciencia de su negritud, se fue perdiendo; reconoció el odio y el asco, se sentó atrapado por ellos. El entorno cada vez más hostil le obligó a encerrarme en sí mismo. Ahora, y a la espera de una regularización que no llega, se pregunta qué hacer. ¿Acaso tiene sentido seguir ofreciendo una parte de él, de ellos, a un Occidente que los repudia?
Habló mucho con mi amigo de eso. Y aprendemos, nos aclaramos las ideas, construimos mentalmente el proceso: Vinieron a ensancharse, crecer, aprender, estudiar, trabajar, salir a delante; pero el resultado es otro, repliegue forzado de un caracol en medio de la tormenta. No pretendo ser especialmente sádico, aunque tampoco puedo negar el placer que experimentaría si algún dirigente sintiera, solo por un rato, la ansiedad de mirar el buzón cada día, a todas horas, cada media hora, cada cuarto de hora hasta llegar a un punto en el que, tumbado en el sofá y derrotado en la lucha por la vida, desista. Le deseo a mi amigo y a muchos y muchas como él, que pueda salir del paréntesis, vivir y dejar de sobrevivir. Si para mi mismo el silencio administrativo es una aberración, no dejo de pensar en lo que significará para mi amigo.







