Urgidas por la luz
que huye
de los límites
del crepúsculo,
regresan
a sus nidos
las palabras
llevándose
consigo el mundo,
para que así
podamos inventar
a la mañana siguiente
lo que ya
no tiene nombre,
es triste darse
cuenta de estas cosas.
que huye
de los límites
del crepúsculo,
regresan
a sus nidos
las palabras
llevándose
consigo el mundo,
para que así
podamos inventar
a la mañana siguiente
lo que ya
no tiene nombre,
es triste darse
cuenta de estas cosas.
Se trata de un paisaje simple y sin complicaciones y el color es uno de los aspectos más destacados de la obra. Van Gogh utilizó una paleta de colores vibrantes y contrastantes para crear una sensación de movimiento y emoción en la pintura. El amarillo brillante del trigo contrasta con el azul intenso del cielo, mientras que los tonos cálidos de las nubes y el pájaro agregan profundidad y dimensión a la pintura. Pequeños trazos rápidos de pintura blanca representan cirros.
A lo largo de toda su carrera, Vincent sentirá especial admiración hacia los trigales. No en balde su color favorito es el amarillo, siendo una excusa perfecta para emplear esta tonalidad. La escena se presenta en tres bandas paralelas en diferentes colores: azul, verde y amarillo siendo la central la resultante de la mezcla de los dos colores que la rodean, plagada de toques de ambos así como de rojo. La pincelada aplicada difiere de la zona en la que nos emplacemos, obteniendo así una diferenciación significativa del espacio. Las formas casi se pierden, interesándose el artista por los conceptos lumínicos y cromáticos.
El autor eligió una línea de horizonte bajo, relegando la mayor parte de la imagen a la imagen del cielo. Sus colores gruesos y fríos se destacan por las sombras casi negras de la tierra, que le dan al paisaje un toque de ansiedad. El trigo se dobla bajo fuertes ráfagas de viento, y el único personaje vivo en la imagen, la alondra oscura, vuela sobre el suelo, como sucede antes de la lluvia.
POEMA
Era el silencio
de la alondra en vuelo.
La magia de una sombra
que se aleja.
El péndulo en la pluma.
Y era la espera,
la incesante espera
de lo que nunca vuelve.
Se debería empezar muriendo y así ese trauma estaría superado. Luego te despiertas en una residencia, mejorando día a día. Después te echan de la residencia porque estás bien y lo primero que haces es cobrar tu pensión. Luego en tu primer día de trabajo te dan un reloj de oro. Trabajas cuarenta años hasta que seas bastante joven como para disfrutar del retiro de la vida laboral. Entonces vas de fiesta en fiesta, bebes, fumas y te preparas para empezar a estudiar. Luego empiezas el colegio, jugando con tus amigos, sin ningún tipo de obligación, hasta que seas bebé. Los últimos nueve meses te pasas flotando tranquilo. Con calefacción central, room service, etc..
Y al final abandonas este mundo en un orgasmo.
se dirimen
en espacios cerrados,
donde la luz y el aire
difuminan
una atmósfera rancia
de arrugas generosas
y opacos sedimentos.
Una hoja que cae
o una que brota
del árbol que a través
de la ventana abierta
contemplas a diario,
viendo cómo entrelaza
sus poderosas ramas
con tus huesos frágiles.
Una hoja o el vuelo
risueño de los pájaros
son apenas el único
latido que hoy celebra
la conquista de un día
que puede ser el último.
Hubo una vez
una llama encendida
y un galeón cargado
con la tibia esperanza
de llegar a alcanzar
o a rozar fugazmente
la prometida arena
de un oasis.
Hubo una vez
los ojos y los labios,
escribiendo en las manos
la aventura
que hoy duermes
en los pliegues del olvido.
Giovanni Segantini (1858-1899) era uno de ellos, que guiado, además por las ideas del «nirvana» un estado propuesto por la religión budista, donde el alma alcanza un nivel de felicidad insuperable, producto de la ausencia de dolor y las ambiciones, compone a un ser despojándose de sí mismo, de todo aquello que le hace humano. Estas ideas pueden verse plasmadas en el rostro de las mujeres, que, aun encontrándose en situaciones deplorables, con ramas del árboles atándoles las extremidades, se permiten calmar sus impulsos y aceptar la dura pena que les ha tocado cargar.
En sus diarios, Segantini escribió que, si bien el blanco neutro de la nieve simboliza la muerte, también puede simbolizar la vida. Así, el paisaje nevado y los árboles se corresponden con la analogía del poema de Luigi Illica, célebre dramaturgo italiano, según la cual la mujer estéril, que se rindió a sus instintos para ser madre, aparece como un árbol desnudo de invierno que brota hojas en primavera. Por lo tanto, se puede concluir que el árbol, tema recurrente e importante tanto en el poema como en las pinturas de Segantini, puede interpretarse como el Árbol de la Vida. Lo rostros de las mujeres revelan que, a pesar de la tensión en los cuerpos, sus expresiones están completamente relajadas, libres de dolor y sufrimiento.
Pero personalmente considero que hay líneas rojas:
Si una persona piensa que alguien debe verse privado de derechos fundamentales por el color de su piel, su lugar de nacimiento, su orientación sexual o las telarañas de sus bolsillos, ya no estamos hablando de pensar diferente sino de falta de corazón, que es peor aún que la falta de cerebro aunque a menudo sea difícil distinguir una carencia de otra. Más aún, incluso si coincidimos ideológicamente con alguien o algún grupo organizado en cuestiones teóricas, pero vemos que en la práctica su ética deja mucho que desear, denunciarlo también es un deber moral.
Nadie puede obligarnos a mantener una relación (de amistad, familiar o sentimental) con alguien que tiene una concepción diferente de lo que es el bien y el mal. Y mucho menos cuando se enorgullece de poner en práctica una forma de ser que daña a otra persona o a millones de seres humanos.
La maldad no va implícita en el derecho a la libertad de pensamiento o de expresión. No merece respeto alguno y hay que señalarla, rechazarla y combatirla. Hay que tenerlo claro porque nos manipulan de tal manera, que se nos dice que maltratar a otros es necesario para beneficiarnos a nosotros porque son el enemigo, cuando en realidad esos otros y nosotros somos los mismos y el enemigo real es quien nos divide para conseguir sus propios fines inconfesables.
en un arroyo
dices: esto es agua
de arroyo;
Cuando ves agua
en el estanque
dices: esto es agua
del estanque;
Cuando ves agua
en el océano
dices: ¡esto es agua
del océano!
Pero en realidad
el agua
no es más
que ella misma,
siempre,
y no pertenece
a ninguno de estos
recipientes
aunque los cree.
Y lo mismo debería ocurrir
con los seres humanos:
una persona siempre
ha de ser una persona,
independientemente
de dónde haya nacido,
sea cual sea su color de piel,
su estatus social,
su sexo o los sentimientos
que en su interior alberga.
—Te felicito. Ya puedes marcharte tranquilo, te doy de alta —le dice el médico palmoteándole la espalda—. Y no te olvides de tomar los medicamentos que te indiqué. El paciente se despide agradecido, abandona el consultorio y camina hacia la farmacia más cercana. Extiende la receta y espera atento la respuesta del empleado.
—¿Me podría escribir su nombre y apellido de nuevo, por favor? No están claros en la receta. Y le entrega una hoja en blanco y un lápiz.
—Sí, sí, por supuesto —le dice amablemente el paciente, y escribe en letras mayúsculas y con una caligrafía impecable:
Nombre: LAVADO
Apellido: DE CEREBRO
El androide sonríe satisfecho y se la devuelve.