martes, 7 de abril de 2026

POESÍA: PREGUNTAS


¿Puede haber un ser 

sin su no-ser adentro?

¿Música sin tiempo 

que la forme 

y la desgarre y abra 

contra el eco del sueño?


¿Puede haber espacio 

sin su vacío 

íntimo a los lados?

¿Memoria sin olvido?    

¿Superficie sin fondo?


¿Vida sin muerte 

puede haber?

¿Dioses sin apoyarse 

en las incomprensiones 

puede haber?


¿Dónde poner 

el ser-ahí 

sin antes inventar

un allá-sin-nada 

disponible?

lunes, 6 de abril de 2026

REFLEXIÓN: ¿SENTIDO COMÚN?


Los que crecimos con las dos Alemanias divididas tras las II Guerra Mundial nos acostumbramos a saber que la que se conocía como República Democrática era precisamente la que no era una democracia. Y así crecíamos aprendiendo sin demasiado esfuerzo que las palabras a veces son retorcidas sin su consentimiento. Por eso ahora sabemos que cuando a algo lo llaman democracia puede no serlo. No es democracia un lugar donde el Gobierno asesina a civiles indefensos por participar en protestas, ni tampoco es democracia un país que aplasta a sus vecinos o rivales sin someterse a las leyes internacionales. En los últimos tiempos aprendimos que la palabra libertad también podía prostituirse con idéntica facilidad. Libertad podía significar privilegio, exclusión, desprecio, desigualdad e injusticia. Así que le perdimos un poco el respeto a la palabra, aunque nos queda el sabor de la idea, como una especie de reto personal. Reconocemos la libertad por lo que concedemos al otro, no por lo que disfrutamos nosotros. Ahora le ha tocado el turno a la expresión “sentido común”. No oímos más que hablar de lo que manda el sentido común, lo que dicta el sentido común, de imponer el sentido común. En realidad se refieren a una particular idea de lo común, casi siempre expropiada a los demás, y de una particular idea del sentido, casi siempre identificable con la mera costumbre o directamente el sinsentido.

Si nos remontamos en el tiempo descubrimos que era de sentido común que el hombre sometiera a la mujer. Se le ofrecía un resguardo paternal al módico precio de dominar sus movimientos, su deseo, su autonomía y hasta su maternidad. Igual en tiempos de la esclavitud el sentido común justificaba no concederle a las razas diferentes ninguno de nuestros privilegios. En épocas industriales el sentido común dictaba horarios y condiciones de explotación que hoy nos resultan abominables y también era de sentido común que trabajaran los niños, contaminar los ríos y talar los bosques. Por no hablar de las religiones, cuyo sentido común imponía negar al disidente y perseguir cualquier desviación por mínima que fuera del dogma establecido. Así que el sentido común, digámoslo así, ha sido siempre el sentido común que dictaba el interés particular. En las últimas décadas se ha recurrido al sentido común para decirle no a los derechos de las personas trans, a reconocer la dignidad de los homosexuales y a impedir la evolución lógica, o incluso la desaparición, de algunas costumbres y tradiciones atroces. Todo en nombre del sentido común.

Por sentido común se han quemado y prohibido libros que luego han significado hitos del avance cultural y por sentido común se burlaban los paletos de los cuadros impresionistas, surrealistas, del cubismo y, ahora, el arte conceptual. Hace muchos años Vladímir Nabokov me curó para siempre de la tentación de tomar las apelaciones al sentido común como algo respetable y serio, cuando le leí esto: “El sentido común pisotea el riesgo, el talento creador, las verdades aún no aceptadas. El sentido común es invasivo, agresivo, inmoral. El sentido común es un sentido hecho común que devalúa todo lo que estudia. Las cosas brillantes aparecerán bajo otra luz”. Estas palabras sí que son de sentido común.

domingo, 5 de abril de 2026

POESÍA: EL CAMBIO


La dama del invierno

ha abandonado sus joyas.


Como fruta madura

cayeron las perlas,

sortijas y pendientes.


El grueso abrigo

se deslizó despacio 

por sus hombros delicados.


Ha empezado el rumor

del cauce impetuoso 

de los ríos.


Los pájaros celebran

la llegada

del estallido de vida.


Se asoman, picotean,

no paran de contarse 

sus asuntos.

PINTURA: ODILON REDON


La pintura “La Araña Que Llora” de Odilon Redon, realizada en 1881, es un ejemplo poderoso de la singularidad del simbolismo y la imaginación del artista francés. La obra, una de las más famosas de Redon, representa una araña con una cara humana llorando, y se interpreta a menudo como una expresión de la emoción humana reprimida o del subconsciente.  En esta obra, la figura central de una araña se erige ante el espectador como una entidad cargada de emoción y significado, y su representación desafía las nociones comunes de lo que un insecto puede transmitir en el ámbito del arte. A diferencia de una simple representación naturalista, Redon otorga a la araña una calidad casi humana, configurándola como un símbolo de la fragilidad y la melancolía, elementos que se encuentran en el corazón del movimiento simbolista.

La composición de esta obra es notable por su uso de la forma y el color. La araña se presenta en el centro del lienzo, capturando la mirada del espectador con su cuerpo corpulento y su perspectiva que projeta una sensación de profundidad y tridimensionalidad. El entorno está construido con un fondo oscuro, en el que una tonalidad azulada del cielo se disipa hacia un negro profundo, creando un contraste que acentúa la figura de la araña. Esta paleta cromática no solo destaca la araña, sino que también genera un ambiente introspectivo y de inquietud, sugiriendo la lucha entre la luz y la oscuridad que puede asociarse con estados de ánimo personales o existenciales. Los tonos sutiles y casi oníricos que Redon utiliza, combinados con el trazado etéreo, evocan una atmósfera lúgubre y poética.

La expresión de la araña, representada con lágrimas que surgen de sus ojos, es una de las características más impactantes de la obra. Este gesto, que proporciona un aire de vulnerabilidad, invita a la interpretación y a la reflexión. Al personificar a este arácnido, Redon plantea preguntas sobre la vida, el sufrimiento y la interacción entre los seres humanos y la naturaleza. Este enfoque se alinea con el interés del artista en explorar temas de lo sobrenatural y lo psicológico, haciendo de sus creaciones un puente entre la realidad tangible y el mundo de los sueños y las emociones profundas.

Esta imagen anticipa el surrealismo: La figura central es una amalgama surrealista: un rostro humano con expresión de tristeza o angustia sobre el cuerpo de una araña. El rostro de esta criatura, dotado de rasgos humanos discernibles, como ojos llenos de emoción y un atisbo de lágrimas, transmite un sentimiento conmovedor que se intensifica con las líneas oscuras y profundas del carboncillo. Las patas alargadas de la araña se extienden hacia afuera, con líneas delicadas que, como pelos, enfatizan su delgadez. 

El simbolismo de la araña también tiene resonancias muy amplias en la cultura. Este animal ha sido durante mucho tiempo un símbolo de la creación y la destrucción en varias mitologías, representando tanto el arte de tejer historias y la creación como las traiciones o el miedo. Redon, al elegir a este personaje natural para canalizar los sentimientos humanos, desafía al espectador a confrontar sus propias percepciones sobre la vida y la conexión con la naturaleza. 

sábado, 4 de abril de 2026

OPINIÓN: BARBARIE


Hay informaciones a las que basta con darles la vuelta para que aparezcan los hilos, los remiendos, las puntadas apresuradas con las que alguien ha querido ajustar la realidad a un patrón previo. Son noticias que, al tiempo de informar, insinúan, orientan, empujan. Noticias, en fin, trufadas de opinión. Las lees del derecho y parecen limpias. Del revés, en cambio, brotan las valoraciones escondidas, las pequeñas o grandes trampas del lenguaje, los adjetivos que, más que describir, juzgan. Noticias partidistas, prendas confeccionadas a medida para que le sienten bien a una idea o a una formación política.

La realidad misma está hecha de costuras con frecuencia discretas, invisibles. A veces, de costurones que dejan cicatrices horribles en el cuerpo de la historia de los seres humanos. Pero hay noticias que carecen de forro. Que son igual de atroces si las miras del derecho como si las observas del revés. En el catálogo de estas últimas conviene incluir la decisión del Parlamento israelí de aprobar la pena de muerte para acusados de terrorismo en los territorios ocupados. Y por ahorcamiento, método que nos retrotrae a las películas del viejo Oeste americano, con sus linchamientos exprés y sus multitudes sedientas de espectáculo. El ahorcamiento evoca también esas ejecuciones públicas que hemos visto en Irán, con los cadáveres balanceándose durante días de las plumas de grúas modernísimas. El ministro de Seguridad Nacional del Gobierno de Netanyahu intentó descorchar una botella de champán en la Cámara para celebrar la buena nueva. Parece que un ujier, figura casi invisible del engranaje institucional, logró impedírselo. Pero el ministro entusiasta, ebrio de dicha, la abrió luego en los pasillos de la Cámara. Aquí, como decimos, no hay costuras ni lectura alternativa posible. Estamos ante una pieza informativa maciza, compacta, hecha de una sola sustancia moral. La sustancia de la que está hecha la barbarie.

viernes, 3 de abril de 2026

PINTURA: MAURICE DENIS


Maurice Denis (1870-1943) fue un pintor francés, miembro de los movimientos simbolismo y Les Nabis. Los temas de sus pinturas incluyeron paisajes y estudios de figuras, particularmente de madre e hijo. Pero su principal interés radicó en los temas religiosos. Se le considera como uno de los grandes renovadores del arte religioso francés. Sus compañeros nabis, por su estilo simple y arcaizante, le llamaron «Nabi de los bellos iconos». 

Maurice Denis pinta Subida al Calvario en noviembre de 1889. La obra representa la cuarta estación del Viacrucis tradicional, el encuentro de Jesús y María en la Calle de la Amargura. La composición se resuelve mediante una marcada diagonal que señala la cruz que porta Cristo y la estela de Mujeres que acompañan a la Virgen. Al fondo, envuelta en la penumbra, aparece la tropa de soldados romanos con sus lanzas y estandartes. Las mujeres han perdido toda individualidad y se confunden en una masa negra, simplificada al extremo, a la que responde la otra masa oscura de los soldados romanos, en el plano de fondo. Incluso el Cristo arrodillado por el peso de la Cruz está tratado como una silueta, los colores planos y delimitados. Denis otorga una gran unidad decorativa a la escena que se convierte, como en el poema de Verlaine, en la expresión de un dolor y de una compasión universales.

Las formas se resuelven mediante marcadas curvas que enmarcan extensiones planas de color. Los rostros no aparecen definidos, pues no hay una búsqueda de la naturalidad sino una intención expresiva en lo sintético de la estética. La obra pertenece a la etapa de la producción de Denis inscrita en el movimiento Nabi. Puede constatarse en elementos como el uso más expresivo que realista del color. El rojo de la túnica de Cristo es el color del sacrificio en la iconografía católica, mientras que el negro de las vestimentas de las mujeres otorga un envoltorio lúgubre a la composición. Los volúmenes curvos que enmarcan los grandes planos cromáticos recuerdan a las formas del Art Nouveau, los grabados Ukiyo-e y con el cartelismo modernista.

Los Nabis fueron esos seguidores místicos de Gauguin que buscaban sintetizar todas las artes y utilizarlas no solo con un objetivo estético, sino también para usos sociales y espirituales. De hecho fue Denis el que publicó el primer manifiesto Nabi. Ejerció una gran influencia en las vanguardias.

jueves, 2 de abril de 2026

POESÍA: MIRLO


Si no te nombro

¿consigo que no existas?

He visto sobre el árbol 

un pájaro, 

si no te nombro

¿consigo que no existas?

He visto sobre el árbol 

un pájaro negro 

y con el pico naranja.

No es una paloma.

Quiero que sea una paloma.

Lo llamé Paloma.

¿Es una paloma entonces?

Se abre el cielo en dos.

Como un bosque 

arrasado por el fuego.

No. Como el último 

arcoíris de la infancia.

Quiero saber. 

Tiene que haber una forma.

Si todas las realidades 

son posibles. 

¿Cuándo puede el deseo 

engendrar una piedra?

¡Quiero una paloma!

El mirlo me mira cabizbajo.

Su mirada 

se ha teñido de sombras, 

no entiende

esta manía mía

de filosofar con todo. 

UNA FOTO HISTÓRICA


John Kiszely mostró en twitter esta fotografía de su padre, médico, atendiendo a una mujer herida durante 1937, en plena Guerra Civil española. El periodista Carlos del Amor le pidió que mostrara también la parte de atrás de la foto. Y ahí es donde descubrieron detalles que convierten la foto en histórica. Según el reverso en el que se puede leer “Frente Brunete junio 1937 (en Torrelodones) Sra Frank Capa (muerta en Brunete)“, la mujer es nada menos que Gerda Taro, la primera fotógrafa de guerra y pareja de Robert Capa. Trabajaban juntos y de hecho, algunas fotografías atribuidas a Robert podrían estar realizadas por Gerda.


Gerda Taro (Alemania, 1910), una de las primeras mujeres fotoperiodistas de la historia, murió a la edad de 26 años arrollada por un tanque en 1937 en España, donde se había desplazado junto a su pareja, André Friedman, para registrar gráficamente, bajo el pseudónimo de Robert Capa, la Guerra Civil de nuestro país. Con un parecido físico más que razonable -a simple vista los rasgos que se aprecian resultan bastante similares entre la fotografía publicada por Kiszely y las que se conservan de la joven-, la historia coincide en espacio y, más o menos, en tiempo. Otra casualidad es el nombre de Capa que figura en el reverso de la instantánea, fechada en junio de ese año, es decir, un mes antes del fallecimiento de la fotógrafa. Allí, escrito a mano se lee: “La Sra de Frank Capa muerta en Brunete”. ¿A qué se refiere con Frank? ¿Podría tratarse más bien de Frau (señora) como señalan algunos? ¿Se trataba de otra Capa que murió en el mismo lugar casi en el mismo tiempo? ¿O tal vez estas coincidencias solo sean producto de nuestra propia sugestión?


Mujer pionera en cubrir en el frente de guerra, Gerda Taro, pseudónimo de Gerta Pohorylle, conoció al fotógrafo Robert Capa en París, donde ella había llegado huyendo de la ideología nazi de Alemania. Juntos se desplazaron hasta España. Simpatizante de la ideología comunista y obrera desde muy joven, su trabajo más relevante fue el que llevó a documentar el triunfo republicano en la primera fase de la batalla de Brunete, cuyo reportaje fue publicado en Regards. Poco después, tras un accidentado choque con un tanque, fue trasladada con vida a un hospital en El Escorial, donde falleció la madrugada del 26 de julio. Allí, trabajaba el padre de John Kiszely. Quién sabe, no parece tan casual. Después de todo, podría ser la última imagen de Gerda Taro. La fotógrafa fotografiada.