Cuando cesó aquella sed
desmedida de contienda
y quedaron sus huesos
desolados y flotando
sobre tablas viejas
él descubrió aquél cuerpo
varado en el último
acantilado de las sábanas.
Lenta como una sombra,
la mujer elevó la mirada
desde el suelo
y cuando por fin llegó
a los ojos que la llenaron
de caricias
suspiró con un aliento
tan leve que parecía
estar brotando
de unos labios
que ya no existían.
Ella dijo:
-Hacía mucho tiempo
que nadie me abrazaba
de esta manera
no sabes cuánto
te lo agradezco.
Cuántos siglos
de desaliento
pueden contener
unas pocas palabras.
Aquella frágil promesa
de luz dio sentido
a la habitación
quién sabe
si por un momento.
Luego se fueron vistiendo
con la lentitud tenue
de la aurora
mientras sus pasos
volvían a desconocerse
en el crujir menguante
del tiempo.







