Si lo piensas, resulta asombroso que con tan solo las 27 letras del abecedario se pueda escribir El Quijote. O el manual de usuario del microondas. O el Código de Tráfico y Seguridad Vial. O la Biblia en verso. Todo el lenguaje está cimentado sobre esa materia prima tan escasa, aunque capaz de combinarse de un modo insospechado. Las letras, por sí solas, no son apenas nada. Pero cuando se juntan, se repiten y ordenan de distintas maneras, el número de posibilidades crece de un modo que desafía a la razón. No todas las combinaciones acaban convirtiéndose en palabras, claro. El idioma condena, selecciona, canoniza, glorifica. Aún así, el resultado es un diccionario de unas 100.000 entradas o, lo que es lo mismo, 100.000 pequeñas unidades de sentido, cada una con su peso, su historia, su carácter. Pero es en el salto de las palabras a la frase donde se abre el precipicio. Si tomamos esas 100.000 palabras y las mezclamos en oraciones de tan solo diez términos, el número de proposiciones posible superaría quizá a la cantidad de átomos que hay en el universo observable. La gramática, lejos de limitar ese potencial, lo organiza y lo hace habitable: nos dice qué combinaciones tienen sentido y, al hacerlo, nos hace libres para explorar todo ese territorio, incluso para transgredirlo.
Y luego está el significado, que es donde las matemáticas se rinden. Porque una misma frase puede ser una descripción, una ironía, una declaración de odio o el primer verso de la Divina Comedia, dependiendo de quién la diga, a quién, y en qué momento. El contexto altera o multiplica el significado de las palabras de un modo que ninguna fórmula es capaz de capturar del todo. Noam Chomsky llamó a esta capacidad de generar expresiones ilimitadas a partir de medios finitos la infinitud discreta. Veintisiete letras y un número infinito de posibilidades. Por eso resulta tan frustrante no dar a veces con la palabra justa. Y por eso, a mi en particular, me enfadan tanto esos programas de televisión en los que supuestos tertulianos hablan a gritos y pisándose unos a otros, con lo que resulta imposible entender lo que dicen. No es solo una gravísima falta de educación, sino una enorme falta de respeto al lenguaje, que surgió para entendernos. Lo dicen hasta los llamados libros sagrados: Al principio fue el verbo.










