La Unión Europea ha decidido mantener una reunión con representantes del régimen que gobierna en Afganistán para establecer los protocolos de devolución de inmigrantes afganos que hayan entrado de forma irregular en Europa. Y quiero mostrar mi rotunda oposición a cualquier tipo de diálogo con los talibanes. No se trata de una diferencia política ni de una discrepancia diplomática menor. Los talibanes son responsables de haber impuesto en Afganistán un sistema de apartheid de género que ha convertido la vida de millones de mujeres y niñas en una prisión sin barrotes visibles, pero real.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede la Unión Europea, que se define como defensora de los derechos humanos y de la igualdad entre mujeres y hombres, organizar una reunión con esra gentuza? ¿Cómo puede Bélgica decidir conceder visados a miembros de un grupo responsable de violaciones sistemáticas de los derechos humanos? ¿Qué mensaje reciben las mujeres afganas cuando ven que quienes las han expulsado de las universidades, del trabajo y de la vida pública son recibidos en el corazón de Europa?
El problema no está solo en el contenido de la reunión, que ya de por sí se las trae, sino también en el mensaje que transmite. Cualquier encuentro con los talibanes, bajo cualquier nombre —técnico, informal, humanitario o migratorio—, puede convertirse en un paso hacia su legitimidad internacional. Y esa legitimidad se concede mientras no ha habido ningún cambio real en la situación de las mujeres afganas. Las niñas siguen fuera de las escuelas secundarias. Las jóvenes siguen fuera de las universidades. Las mujeres siguen siendo expulsadas del trabajo, de los espacios públicos y de la toma de decisiones. Puede que algunos presenten este diálogo como una necesidad política. Pero para millones de mujeres afganas es un recordatorio doloroso de que todavía se toman decisiones sobre sus vidas sin que ellas estén presentes. El pragmatismo jamás debe convertirse en complicidad.










