sábado, 14 de marzo de 2026

PINTURA: JOAN BROTAT VILANOVA


Joan Brotat Vilanova, nacido en Barcelona en 1920, fue uno de los artistas más originales y, sin embargo, hoy peor conocidos de la reconstrucción de la modernidad en los años de posguerra en España.

Su procedencia humilde, la experiencia dura de la participación en la Guerra Civil como miembro de la Quinta del Biberón y una posguerra muy dura, económica y moralmente, explican la dificultad y la tardanza en la carrera de Joan Brotat, que sólo se hizo pública cuando ya había cumplido los treinta años. La pintura y la creación de un mundo de inocencia absoluta fueron la respuesta a esa amargura. Después de un éxito de crítica que fue un espejismo, las circunstancias de la vida y la dinámica del sistema del arte lo relegaron posteriormente a un olvido injusto.


Antes de su primera exposición, Brotat tuvo un breve período de informalismo y experimentación con collages y técnica gestual, pero en 1949 su obra empezó a adquirir un estilo primitivista muy personal como una reinvención de la pintura románica catalana. Buscó un lenguaje primigenio y sus exploraciones lo llevaron a una figuración primitiva, ruda y elemental, casi brutalista en algunos momentos, que luego se fue sofisticando y haciéndose preciosista. En sus inicios, el gesto es ágil, espontáneo y dinámico; recuerda claramente la crudeza y la fuerza del arte infantil. Pero a diferencia de los naifs, en Brotat hay una voluntad culta y reflexiva, como demuestran la vinculación al modelo románico y los esbozos abstractos, que preceden a la opción figurativa. Brotat enlazó con la corriente de primitivismo estético que se desarrolló en la Europa de posguerra y que tuvo una constancia muy notable en España, vinculada a la herencia de Joan Miró y a los debates surgidos alrededor de la llamada Escuela de Altamira. Fue, tal vez, uno de los más fructíferos representantes de esa tendencia.


Hijo de zapateros y vecino de un barrio tradicional de artesanos, una de las temáticas clave de Brotat es el mundo del trabajo, pero no el de la industria y la tecnología, que sería el propio de las dinámicas de su tiempo, en la era atómica y de los inicios de la sociedad de consumo, sino el de la artesanía y la agricultura, el de las tareas y los modos de hacer anteriores a la alienación. Había en él una especie de ética genuina del artesano.


Brotat construyó una realidad paralela hecha de ternura y de serenidad, habitada por seres afables y felices, modestos y trabajadores. Esta añoranza de una cultura arcádica se produce bajo el signo de la nostalgia. Brotat celebra una sociedad premoderna donde las personas parecen estar más cerca de la naturaleza. Se intuye, asimismo, una dimensión mágica, animista, en los paisajes cargados de símbolos y de referencias a lo orgánico y a la fertilidad, pero también a la muerte. Brotat crea un universo en que se domina y se sublima el conflicto. El vitalismo de la naturaleza se conjuga con la serenidad cotidiana o trascendente de los hombres. El hieratismo de las figuras, heredado del románico, confiere una especie de valor mítico a los personajes.

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