Te esperaba como
a un advenimiento,
como sonido de campanas
al amanecer.
Tú estabas allí
con un puñado de siglos
respirando en los ojos
de mucha gente,
manantiales
en la concavidad
de tus manos
donde saciaban
su sed los que sufrían,
y relámpagos
en el anochecer
de tu mensaje.
Te deslizabas
sobre mi conciencia
como la mujer
que camina descalza
para no despertar
lo que está dormido
bajo la tierra.
Tu espíritu
me recibía dulcemente
como recibe la rosa
la mirada inocente
del condenado.
Contigo creí en la vida
y el efecto que causabas
entraba veloz en el porvenir
de mis noches.
Te puse un nombre
y, aunque ha habido
momentos en que he creído
haberte perdido,
siempre has estado
y seguirás estando a mi lado.

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