Mis antepasados
inventaron la Vía Láctea,
dieron a esa intemperie
el nombre de la necesidad,
al hambre le llamaron
muralla del hambre,
a la pobreza le pusieron
el nombre de todo
lo que no es
extraño a la pobreza.
Poco es lo que podía
hacer un hombre
con el pensamiento del hambre,
apenas dibujar un pez
en el polvo de los caminos,
por el contrario
podía atravesar el mar
en una cruz de madera
y sentirse un dios
que está por encima
del bien y el mal.
Mis antepasados
no cruzaron el mar
sobre una cruz de madera,
porque a los que lo hicieron
no los considero
mis antepasados,
los míos auténticos
sufrieron las consecuencias
de aquellos que no
pidieron audiencia
y se instalaron en los legajos
gloriosos de la historia
como los erizos y los lagartos
se instalan por los senderos
de las aldeas.
Y llegaron a los arenales,
donde la tierra era brillante
como escamas de pez,
la vida allí solo tenía
días de bondades
y brisas atlánticas,
pero eran riquezas
lo que buscaban.
Poco es lo que puede
valer moralmente un hombre
que solo ha tenido
ese tipo de ambiciones,
mas que provocar muertes
y terribles miserias,
dejar recostadas a sus víctimas
en el pensamiento
de la esclavitud y el hambre
después de haber
enterrado a sus hijos.
Mis antepasados
inventaron la Vía Láctea,
dieron a esa intemperie
el nombre de la necesidad,
pero no atravesaron el mar
sobre una cruz de madera.
Fueron los que pusieron
nombre al hambre
para que el amo del hambre
se llamara dueño y señor
de la casa del hambre
y vagaron por los caminos
como los erizos y los lagartos
vagan por los senderos
de las aldeas.
Poco es lo que podía hacer
un hombre con las migas
de la piedad,
comer pan mojado
los días de lluvia
a los que luego seguían
días de brisas marinas
y hablar de la vida antigua,
como se habla en las aldeas
de todas las cosas pequeñas
que se pueden envolver
con cuidado en un pañuelo.

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