Una de las cosas más deseables para un jardín es que cuente con una tierra fértil en la que se puedan cultivar todas aquellas plantas que se quieran, y que estas se vean amparadas de todo mal. Para ello, los antiguos romanos no dudaban en pedir ayuda a sus dioses, y gozaban de una pléyade de divinidades ligadas de una u otra forma a cuidar los vergeles y las flores, lugares plenos de belleza y de bondades para el ser humano. Baco velaba porque los viñedos produjeran una buena cosecha de uvas, mientras que Pomona se aseguraba de que los huertos y los frutales se llenaran de frutos. Al lado de esta última diosa se solía representar a Vertumno, el cual ayudaba a que cada planta completase con éxito todos sus procesos, para dar la simiente y la carne que los jardineros y agricultores esperaban con ahínco de sus respectivos vegetales. El descocado Príapo, henchido de salacidad, protegía los jardines con su mera presencia, librándolos de los animales y personas que quisieran dañarlos. Pero, por encima de todas estas deidades, una resplandecía con fuerza: Flora. Diosa de las flores, claro está, de su mano llegaba la primavera y su desbocada abundancia. A su paso brotaban las margaritas y otras beldades, los árboles renacían de su sueño invernal y las raíces acariciaban la tierra al encuentro con el agua almacenada en ella.
Los artistas de todas las épocas pasadas quisieron rendir tributo a esta diosa generadora, portadora de los colores más elaborados que cristalizaban en pétalos y corolas. Uno de ellos fue Rubens (1577-1640), creador de escenas llenas de vitalidad, de quien el Museo del Prado alberga una maravillosa Flora romana pintada hacia 1625. La figura interpela al espectador con su mirada, proyectada desde unos ojos calmos y sabios, conocedores del secreto del cuidado de la tierra y de las plantas que en ella germinan. El brillo de sus pupilas conecta con quien la contempla y establece un diálogo respaldado por frescas rosas. No necesita de una suntuosa corona de oro adornada de rubíes y diamantes para atestiguar su nobleza, sino tan solo un puñado de flores, algunas tan fragantes como las de la clavelina, del jazmín, del lilo, del azahar y de los alhelíes amarillos y encarnados.
Hay otra obra en la que la protagonista no es una diosa, pero es otro ejemplo de la influencia de la botánica en el arte. Se trata de Muchacha con canasto de flores, pintada por Carlo Maratti (1625-1713) en la segunda mitad del siglo XVII. La mujer sujeta sobre su cabeza un canasto de mimbre repleto de flores. Tantas hay que se desbordan como un festín de belleza y color. No todo en esta pintura se aprecia a simple vista, y Flora retiene un misterio difícil de explicar, ya que hay algo que desapareció hace casi dos siglos. En apariencia no falta nada, porque se ve una figura completa integrada en una foresta, todo está en orden. Pero, para saber qué es lo que se ha perdido, habría que retroceder a 1842, a las mismísimas salas del Museo del Prado. Un día de aquel año, sin que nadie supiera ni el cómo ni el porqué, algún desconocido sacó un objeto afilado y recortó de forma precisa el rostro femenino, dejando un hueco perfecto en el lugar de su cara. En este punto habría que imaginar los semblantes colmados de sorpresa, ojipláticos, de los vigilantes y personal del museo cuando descubrieron el destrozo. La obra se retiraría de la exposición permanente, y no sería hasta después de unos años que se reintegraría una nueva faz, cual operación de cirugía estética; nadie sabría de este avatar si no le informan antes del estropicio sufrido.
Una tercera diva podría acompañar a esta pareja, podría definirse como una Flora comercial. Si bien en un sentido estricto no se podría hablar de una diosa, en parte sí que lo es, ya que se trata de una delicada florista que provee plantas a los balcones de la ciudad y las protege, ajardinando espacios yermos para el disfrute de los habitantes de la casa, así como de aquellos transeúntes que dejen de admirar las grietas de las aceras y levanten la mirada hacia las fachadas.Puesto de flores lo pintó la artista aragonesa María Luisa de la Riva (1865-1926) hacia 1887, y es un delicioso compendio de jardinería doméstica de la época. Con maestría, De la Riva ha incluido un repertorio de plantas en maceta para decorar las terrazas y los jardincillos, tales como calas, ficus, geranios, begonias… además de una pila de macetas de terracota cerca de la regadera. Asimismo, distintos ramos de rosas, lilas y azucenas están dispuestos para regalar al ser querido; en la esquina de la mesa, en un vaso de vidrio con agua, hay varias flores de pensamiento blancas, amarillentas y violáceas. Desde allí darían el salto al ojal de una chaqueta o levita de caballero, para añadir color a la mañana. Con su mínimo tallito insertado en un boutonnière o florero de solapa con un poquito de agua, la flor permanecería rozagante unas cuantas horas, lo suficiente para que incluso alguna esfinge colibrí se acercara a besarla, confundida al ver una planta con patas paseando por la ciudad.
Diosas, flores, jardines y primavera. Toda esa belleza al servicio del arte, una sublimación de la vida.



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