Por qué te ocultas
en ese silencio oceánico,
en ese abismo conjurado
y metafísico de los horóscopos,
saboreando las manzanas
que heredamos de un festín.
Todos saben que la vida
es una doctrina del sueño,
un nombre sangriento
en los ojos de las madres,
una parábola
en la noche muerta,
un arduo y espléndido
monumento de uno mismo,
de gente naufragando
en el desierto
de las aguas muertas,
como sonámbulos
de recuerdos encarcelados
en el devenir de la existencia.
Se escuchan gritos dolientes
en los arrecifes de la madrugada
que buscan una razón
para la esperanza
en las plazas y los templos,
por el dialecto de las sombras
que reflejan los mares
donde se llora eternamente.
No debería venir la vida
cargada de razones
para el lamento
de un conjuro del sueño sin fin,
el infierno del suicida
frente al espejo de su historia,
hombres que se pudren
en el reino de la cruz,
callando, soñando, póstumos,
muriendo en los archivos
de la memoria desnuda y sola.
Son quienes buscan
en los ojos de los reptiles
y en las pieles de las bestias
asesinar el dolor
de tanta ausencia,
el dolor de labios sangrando
en cuerpos amados,
como ángeles
que se revelaron a su signo.
No sé si pueda
arrancarme los ojos
y no ver nunca más
todo ese ritual
de sufrimiento que me rodea,
de víctimas bendiciendo
los hechos
de una especie maldita.
Cuando muera quiero ir
adonde estén los poetas,
esos brujos cansados
de levantar su canto
a los mares que nos recorren,
en la miseria de los días.
Cada cual con su linaje
de crear belleza y emoción
a partir de la escritura.
Y mientras tanto mírame aquí,
despreciando profundamente
a la esfinge de la sinrazón,
intentando que mi voz
llegue hasta donde
no alcanzan los ojos.
Cómo arrancar de mi alma
ese tatuaje cabalístico,
esa rosa amarga en que suelen
convertirse los mejores ideales.

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