Escucho la llamada solo
por el lado izquierdo
de los auriculares.
Tiene voz de mujer
que siembra tomillo
en los surcos
de los discos de vinilo
y canta boleros con la boca
llena de semillas.
Me habla
de cosas pequeñas:
de la fruta
que espera en la mesa,
de las hormigas
que cargan migajas
más grandes que ellas,
de las hierbas
que rompen el cemento
para besar los zapatos
de los condenados.
Susurra con el lenguaje
de los gatos que se miran
desde ventanas opuestas,
de los peces que adelantan
a los petroleros
cruzando bajo sus quillas.
A veces tararea una canción
que no existe,
hecha del roce de la piel
en las sábanas limpias
y de uvas pisadas
en un barreño de madera,
y mis labios
se mueven despacio
intentando seguir la melodía,
pero se me escapa
antes de aprenderla.
Cuando bajo el volumen
crece el silencio,
ese silencio incómodo
de quienes no se conocen,
y percibo su respiración
como un viento
que sube por las escaleras
de incendios.
Pienso en su boca y veo
una ranura de teléfono público
donde caen
las monedas de las madres.
Por el auricular derecho llega
el rumor de una nevera
en un piso abandonado,
el traqueteo de una cinta
sin equipaje,
y el eco de un martillo
golpeando el hielo.
Le pregunto por los niños
quemados que duermen
en tiendas de campaña,
por quienes lamen
el rocío de las alambradas.
La voz tose y sus palabras
caen como dientes
sobre el suelo:
«¿Dónde están tus hermanos?
¿Qué hacen?».
Y entonces, solo entonces,
dejo que el sonido me arrastre
hasta donde
las palabras arden
y nadie distingue la culpa
de la vergüenza.
Escucho la llamada
por el lado izquierdo,
el lado por donde empiezan
las partituras
y los motines,
la orilla de los expulsados
del paraíso,
donde la luz ilumina
los turnos de noche
y nadie espera una llamada.

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