miércoles, 12 de agosto de 2026

POESÍA: LA LLAMADA


Escucho la llamada solo

por el lado izquierdo 

de los auriculares.

Tiene voz de mujer

que siembra tomillo 

en los surcos

de los discos de vinilo

y canta boleros con la boca 

llena de semillas.

Me habla 

de cosas pequeñas:

de la fruta 

que espera en la mesa,

de las hormigas 

que cargan migajas 

más grandes que ellas,

de las hierbas 

que rompen el cemento

para besar los zapatos 

de los condenados.

Susurra con el lenguaje

de los gatos que se miran 

desde ventanas opuestas,

de los peces que adelantan 

a los petroleros

cruzando bajo sus quillas.

A veces tararea una canción 

que no existe,

hecha del roce de la piel

en las sábanas limpias

y de uvas pisadas 

en un barreño de madera,

y mis labios 

se mueven despacio

intentando seguir la melodía,

pero se me escapa 

antes de aprenderla.

Cuando bajo el volumen 

crece el silencio,

ese silencio incómodo 

de quienes no se conocen,

y percibo su respiración 

como un viento

que sube por las escaleras 

de incendios.

Pienso en su boca y veo

una ranura de teléfono público

donde caen 

las monedas de las madres.

Por el auricular derecho llega

el rumor de una nevera 

en un piso abandonado,

el traqueteo de una cinta 

sin equipaje,

y el eco de un martillo 

golpeando el hielo.

Le pregunto por los niños 

quemados que duermen 

en tiendas de campaña,

por quienes lamen 

el rocío de las alambradas.

La voz tose y sus palabras

caen como dientes 

sobre el suelo:

«¿Dónde están tus hermanos?

¿Qué hacen?».

Y entonces, solo entonces,

dejo que el sonido me arrastre

hasta donde 

las palabras arden

y nadie distingue la culpa

de la vergüenza.

Escucho la llamada 

por el lado izquierdo,

el lado por donde empiezan 

las partituras

y los motines,

la orilla de los expulsados 

del paraíso,

donde la luz ilumina 

los turnos de noche

y nadie espera una llamada.

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