Un pájaro duerme
en mi mano
y alguien podría
entristecerse
al pensar
que está muerto.
Yo sé que no
que su latido penetra
la palma de esa mano
y su respiración es aire
entre los dedos.
Su cabeza cae delicada
como un roce
que define el límite
entre cuerpos
y flota toda su alma
como el plumón
callado de lo cálido.
No hay tristeza
cuando en su pecho
habita una voz
como el susurro
de los vuelos.
El pájaro lo sabe todo,
que habita
una cúpula celeste
donde no hay límites
para sus vuelos.

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