La flor huye del muerto
que la nutre.
La vida, de la muerte
que la alienta.
Del cieno descompuesto,
fermentado,
se eleva,
como arcángeles nutridos,
todo lo que en la boda
del estiércol con la semilla
pura se origina,
y bastante antes,
cuando el camión
confía a la basura
en un destino,
cierto contento vasto
quiere alzarse.
¡Es la resurrección
en nuestra vida!
¡Es como si muriendo
se mintiese!
Un carro de cadáveres
no es siempre
motivo de tristeza,
ni el desprecio
sudario suficiente
para nada.
Es preciso morir
para dar fruto.
Es necesario ser así
para recompensar
lo descompuesto,
y amar, amar
para que nada acabe.

No hay comentarios:
Publicar un comentario