Jeanne Mammen pintó como ninguna el ambiente transgresor de la república de Weimar. Acuarelista, pintora y grabadora alemana nacida en Berlín, aunque criada en París, influenciada por artistas como Henri Toulouse-Lautrec y Edgar Degas, las musas de Mammen incluían a miembros de la comunidad queer de Berlín.
Su trabajo destaca especialmente por la forma de presentar a las mujeres. La mirada de la pintora es profunda, no se conforma con representarlas como seres accesorios, pasivos y poco complejos, sino que las muestra como sujetos. Las mujeres de Mammen están vivas, fuertes, son valientes y se abandonan al sexo y a la sexualidad. Su interpretación de lo lésbico es innovadora porque lo hace desde una perspectiva de mujer, al tiempo que ignora los tabúes de la época y rompe con el cliché de la mirada masculina. Las acuarelas de Mammen a menudo reflejaban una calidad narrativa muy humorística, al retratar a las protagonistas simplemente disfrutando de la compañía de otras mujeres. Están ahí y existen para ellas mismas, ajenas a las retóricas y lecturas masculinizantes.
Aquí la obra de Jeanne Mammen conversa a la perfección con la producción de Toulouse Lautrec, creada cuando el pintor decidió mudarse a una casa de la tolerancia y convivió con las prostitutas. El trabajo del pintor de aquella época es honesto y retrata a las prostitutas en su día a día. Toulouse-Lautrec, como Jean Mammen, pinta a mujeres que se deleitan con otras mujeres, mujeres que se dan placer porque así lo quieren. Toulouse-Lautrec, incluso, llegó a usar a Jane Avril como su alter-ego, algo insólito en la Historia del Arte, un pintor que se proyecta en la representación como una mujer bisexual capaz de burlar las convenciones sociales.
En Mammen vamos un paso más allá. Parece baladí pero no lo es, una artista no heterosexual que pinta a otras mujeres queer. En el mundo de Mammen todas tienen cabida: mujeres masculinas, mujeres femeninas, mujeres vestidas de hombres, juego de identidades, mujeres vestidas de cuero. Lo cierto es que Mammen dibujó a todos los tipos de mujeres modernas de los años 20: la vampiresa glamurosa, y la diva; las flapper, las de estilo art déco con el pelo corto, maquillaje blanquecino y bocas pequeñas y rojas, también las pelirrojas de ojos oscuros con lunares. Capturó y narró la ciudad de Berlín en los dorados años 20, con sus teatros, cabarets y esa floreciente subcultura lésbica de los girl clubs. El rojo vibrante de She Represents (1927) captura el calor y la emoción de uno de esos bares, donde la pareja principal representa la dinámica butch-femme como nadie hasta Mammen había hecho. En su obra podemos sentir lo real de la música, del humo, del alcohol y del baile.
Entre mediados de la década de 1920 y mediados de la década de 1930, Mammen comenzó a crear muchos bocetos y acuarelas que capturaban los ruidosos clubes nocturnos, cafeterías y cabarets de la ciudad. Aquí Mammen podía observar, esbozar y representar en silencio la vitalidad de un mundo habitado por intelectuales, compañeras artistas, bohemios y una floreciente escena lésbica. Mammen siempre expresó cómo las condiciones que vivió beneficiaron su experiencia, ya que pudo relacionarse con personas de diversos orígenes, un mundo ecléctico que permanecía oculto a la clase media a la que pertenecía. Sin duda, estos círculos marginales fueron inspiración para sus obras. El material original proviene de su imaginación, recuerdos de personas, lugares e incidentes de varias décadas. Los temas evolucionan en el lienzo a medida que trabaja en ellos. Una escena callejera que pudo o no haber existido, una figura que podría ser alguien que conoce o vio alguna vez, o, en cambio, una completa imitación de la realidad. Sus bodegones se basan tanto en la invención como en la observación. Le gusta otorgar a los objetos un significado que de otro modo no tendrían.
Militó en la Nueva Objetividad, el movimiento artístico que reaccionó contra el subjetivismo del expresionismo de los años 20. Los artistas de la Nueva Objetividad aprovecharon los hallazgos estilísticos de las vanguardias pero no fueron indiferentes a la crítica social y su objetivo fue el mostrar de una forma descarnada y muchas veces caricaturesca la sociedad burguesa de la época. Los veristas en general retrataron de forma despiadada la sociedad de posguerra y en sus cuadros menudeaban los ambientes sórdidos repletos de prostitutas, borrachos y mendigos que contrastaban con la degradación moral de una alta burguesía hipócrita y militarista que ya preludiaba el nazismo.
A los nazis, precisamente, no les hacía ninguna gracia el movimiento y cuando se auparon al poder incluyeron sus obras en la exposición «Arte degenerado», celebrada en Münich en 1937. Ser tachado de «artista degenerado» significaba no poder exponer, no poder ejercer la docencia y, en los casos más extremos, no poder ni siquiera pintar. Arte degenerado era para los nazis todo el arte moderno. Recordemos que lo que se proponía como alternativa era el llamado «Arte heroico», algo que la mayor parte de las veces no superaba el estatus de mera propaganda.




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