La sangre estropea
las finas telas
de los hombres de bien.
Las banderas descoloridas
incomodan la pureza heredada
de los hombres de bien.
Los cuerpos vestidos de muerte
legitiman la proeza
de los hombres de bien.
Las mujeres manchadas
de amor confuso
engrandecen
a los hombres de bien.
Las iglesias absuelven pecados,
protegen —es ironía—
a los infantes y bajo la sotana
reciben aplausos
de los hombres de bien.
Y allí vamos, despacio,
con el orgullo retorcido,
alienados para ser
los próximos guardianes
de las memorias sagradas
de los hombres de bien.

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