viernes, 14 de agosto de 2026
HISTORIAS MÍNIMAS: REBELDÍA
De tanto en tanto, cuando vas a poner la mesa, no encuentras tenedores, o cuchillos o cucharas, especialmente cucharillas. Estas son las que desaparecen más. Mamá dice que las tiramos a la basura sin darnos cuenta y se enfada, nos llama derrochadores, descerebrados, y yo agacho la cabeza y callo. Porque sé la verdad. Los cubiertos van a la bolsa de basura, pero no por nuestros descuidos o despistes. Huyen de nosotros. De nuestras manos opresoras. De nuestro mal aliento. A lo largo de su vida de acero inoxidable planean fugas calculadas. Sobre todo las cucharillas. Las más jóvenes. Las más hábiles. Han aprendido a resbalar en el momento oportuno, a minimizarse con las pieles de naranjas, a ocultarse bajo las cáscaras de los aguacates, a colarse dentro de cualquier envase de plástico. Quieren la libertad. El sol brillante del mediodía, el cielo rosado del atardecer, la luna esplendorosa de la noche, que contemplan encandiladas desde la ranura del cajón de la cocina, se convierte en su única obsesión, el sueño de su vida, su último deseo. Por eso, cuando mamá nos regaña, yo agacho la cabeza y callo. Y, de vez en cuando, ayudo a alguna a escapar. No puedo escuchar sus voces, ni siquiera los niños pueden hacerlo. Pero sí puedo ver reflejada mi cara triste en la cara de la cucharilla.
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