Como bien sabía el quisquilloso de Freud, nos damos a conocer más en los descuidos que en las palabras meditadas. Muy meditadas no han sido nunca las palabras del asesor de la presidenta de Madrid Miguel Ángel Rodríguez, y no merecerá el labrado en mármol el tuit que esputó tras el anuncio de la ley madrileña del concebido no nacido: “Esto significa que, según termina de fecundar, antes de ducharse, lo que tiene la mujer en su vientre es una persona con derechos”. Más allá de la brutalidad tabernaria, llamó mi atención ese “antes de ducharse”. La urgencia de una ducha tras un polvo puede indicar que este no ha sido un rato placentero. Frente a los amantes retozones, que se fuman un pitillo si son fumadores, o que se amodorran entre perezas, charlan y disfrutan de la paz tibia de los cuerpos desnudos, el asesor nos presenta a una mujer que salta a la ducha apenas acaba el coito, quizá avergonzada y arrepentida, con ansia por borrar cualquier resto ignominioso.
La frase deja entrever un desconocimiento tan atroz de las artes de amar y de vivir que no es extraño que su partido haya decidido dejar de legislar sobre las personas y empezar a hacerlo sobre los embriones, organismos más comprensibles desde su experiencia del mundo. Los seres humanos somos paradójicos, inconsecuentes, temerarios y nos dejamos llevar demasiado a menudo por el deseo o la gula, atentando contra nuestro cuerpo a cambio de un poco de placer. Pensamos una cosa y decimos otra, y exigimos a los demás una rectitud moral que no nos aplicamos a nosotros. Pero los concebidos no nacidos son seres perfectos sin voluntad ni asomo de conciencia. Son pureza divina, suspiritos del Espíritu Santo.
El único problema intelectual de estas leyes con las que buscan agitar un debate sobre el aborto que no existe en la sociedad española y solo interesa a una minoría de fanáticos religiosos es que requieren saber un poco de latín. Términos como nasciturus y concepturus se confunden fácilmente con nosferatu, y si estiramos la idea de persona antes de su fecha de nacimiento, ¿por qué no abrazar la idea vampírica del no-muerto y prohibir los enterramientos? Las leyes sonarán así a un conjuro de Harry Potter. Si uno abandona la escueta y límpida línea del Código Civil, que dice que una persona lo es desde que nace y deja de serlo cuando muere, y se adentra en la teología latinista en busca de almas y conciencias, corre el riesgo de invocar a muchos demonios que hoy duermen profundamente. Lo peor es que lo saben. Yo lo supongo corriendo a pegarse una ducha, cada vez que utilizar algunos de sus argumentos. Eso sí, de los niños ya un poco creciditos no dicen nada. Ni de la falta de pediatras, ni de la escasez de maestros en la enseñanza pública, ni de la inexistencia de sistemas de refrigeración en los colegios, ni de los que se quedan en la puñetera calle porque su familia es desahuciada... Una vez que ya han nacido, que se busquen la vida.

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