Lo llamamos
el juego de la silla.
Los jugadores
se sientan en círculo,
cada uno en una silla:
tan pronto como suena
la música se levantan
y giran velozmente
hasta que ésta se detiene;
entonces
se sientan de nuevo,
pero una silla ha sido retirada.
Para cuántos, quizá
la mayoría de nosotros,
es una imagen
perfecta de la vida:
una oportunidad fallida,
algo que debió ser,
pero no fue consumado,
el pájaro invisible
que nos rozó con sus alas.
Aquella pareja
que abandonamos,
aquella carrera
que no estudiamos,
aquel trabajo
que no osamos solicitar,
aquella ciudad
en que no nos decidimos
a residir,
aquellos amigos
que no nos atrevimos a tratar.
Y sin embargo
era lo que nos gustaba,
hubiéramos sido genios
o hubiéramos sido felices.
En cambio ahora somos
menos que nada,
porque pudimos serlo
y no lo fuimos,
no por necesidad
ni por imposición
de algo o de alguien,
sino por rutina
o comodidad o simple cobardía.
No dimos el golpe de timón
cuando nuestra barca
era arrastrada por la corriente,
no nos arrojamos al agua
cuando vimos la perla
desde encima del puente,
la sonrisa de la desconocida
se extinguió después
de cruzarse con nosotros
sin que fuésemos capaces
de dirigirle la palabra.
Un segundo
para equivocarnos
y todo el resto del tiempo
para lamentarlo.

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