Irse de viaje,
eso no se le hace a un gato.
Porque qué puede hacer
un gato en un piso vacío.
Trepar por las paredes.
Restregarse
entre los muebles.
Parece que nada
ha cambiado
y, sin embargo, ha cambiado.
Que nada se ha movido,
pero está descolocado.
Y por la noche la lámpara
no se enciende.
Se oyen pasos en la escalera,
pero no son ésos.
La mano que pone
el pienso en el plato
y que limpia el arenero
tampoco es aquella
que siempre lo hacía.
Hay algo aquí
que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre
como debería.
Aquí había alguien
que estaba,
que de repente se fue
sin contar con quien ejerce
de compañero y amigo,
ni dar explicación alguna.
Se ha buscado
en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado
debajo de la alfombra.
Incluso se ha roto la prohibición
y se han desparramado
los papeles.
Qué más se puede hacer.
Dormir y esperar.
Ya verá cuando regrese,
ya verá cuando aparezca.
Se va a enterar
de que eso no se le puede
hacer a un gato.
Irá hacia él
como si no quisiera,
despacito,
con las patas muy ofendidas.
Y nada de saltos
ni maullidos al principio.
Se está mentalizando
para ver cuánto puede aguantar
sin restregarse contra él,
a ver cuánto puede resistir
para que dure el castigo.

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