La foto es de un edificio en Teherán, destruido por un bombardeo de Estados Unidos, pero se trata de una imagen repetida en los escenarios de guerra habituales. Podía ser en la ciudad de Gaza o el sur de Líbano tras un bombardeo de Israel, o en Kiev después de caer un misil ruso. Los fotoperiodistas incurren en ella porque algo les dice, y quienes la miramos porque algo nos oculta. Como si cada habitación fuera una frase a medio escribir y nosotros intentáramos completarla sin conocer el idioma. Ese cuarto sin pared, por ejemplo, ¿era dormitorio o sala de estar? ¿La silla caída ha interrumpido un gesto, una conversación o un acto tan banal como el de colocarse un calcetín? Ni idea. Y nos interesa. Nos gustaría averiguar por dónde se quebraron las vidas de quienes ocupaban esos edificios cuya piel ha sido arrancada por medio de un mando a distancia con una crueldad inaudita, como el que cambia de canal, de película, de programa de entretenimiento. ¿Había algún niño haciendo una multiplicación? ¿Algún adulto friendo un huevo?
La guerra reduce a borradores existencias que quizá alguien estaba pasando a limpio. Ahí, en fin, se ha roto una continuidad que no nos importaba porque no era nuestra. De la destrucción, sin embargo, somos partícipes porque, como decía no me acuerdo quién (Pessoa, quizá), uno es del tamaño de lo que mira. Y lo que miramos, de un tiempo a esta parte, nos coloca por debajo de un hongo (que a su vez nos sirve de paraguas). Creemos estar mirando el horror, pero es el horror el que nos mira a nosotros. Nos toma la altura moral como esas marcas de la pared que dejan constancia del crecimiento de los niños, solo que aquí la marca siempre desciende. A veces hasta los infiernos.

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