sábado, 23 de mayo de 2026

POESÍA: AQUELLOS


Aquellos que fueron 

sorprendidos 

por el latido inconstante

de la vida, 

donde marchitaban sueños,

esperanzas e ilusiones,

que se convirtieron en terremotos

de escala de Richter

en los parques donde se regaban

las tumbas anónimas 

y los panteones conocidos,

que emprendieron viajes 

a Oriente y a Occidente,

que se bebieron el elixir 

del desamor

y acabaron muriendo mil veces,

para resucitar al día siguiente,

que se comieron el corazón, 

el deseo, la sensibilidad,

que llenaron de noche 

las paredes 

para que el amanecer

no reflejara la imperfección,

que abandonaron a su suerte 

a las ánimas del purgatorio

para subir los peldaños

que llevaban a la cara 

oculta de la luna,

que entre Nirvanas 

y Agujeros Negros,

visitaron los templos 

de los Ángeles del Infierno

y bailaron o eso creían 

los ritmos de Kurt y de Cobain,

que bajaron las escaleras 

hacía el cielo y el infierno,

que vieron a las sombras 

canibalizar la oscuridad 

en los callejones,

donde fueron amontonando 

sus cuerpos,

escribiendo letra tras letra 

en versos que nadie leía,

que fueron presos 

de las miradas penetrantes 

que les cautivaron,

por las que vendieron 

el alma al diablo,

que conocieron 

el silencio permanente

así como el desconocido,

que creyeron ser Chamanes 

de tribus remotas

que creyeron cabalgar 

a lomos de la espina dorsal 

de la vía láctea 

en desiertos lejanos,

que aullaron en la tundra

y fueron santos de carretera,

bandidos de leyenda 

con cruz y flores,

adorados en las villas miseria

y en los vertederos,

en los restaurantes 

de comida rápida

de los centros comerciales,

en las avenidas de Harlem, 

en los murales de Belfast

en los adoquines de París,

que nacieron

en la Semana Trágica

para morir el Día del Trabajo,

que participaron en revueltas, 

colgando pancartas

en las paredes 

de las multinacionales,

que escucharon la lluvia fina 

calando los zapatos,

que huyeron una y mil veces

para buscar respuestas 

a preguntas sin interrogante,

que esperaron al viento

que debía traerlas

y nunca llegaron,

que edificaron casas de paja 

donde sopló Eolo,

que tallaron ídolos de barro, 

que fueron desahuciados,

que siguieron soñando 

con auroras boreales,

que entregaron poemas 

e instantes en las calles

de la maldita ciudad,

de monumentos a la soberbia

y de fosas para la memoria,

que fueron expulsados 

de los jardines

del bien y del mal

donde quisieron 

plantar raíces

y regaron con agua de glaciar,

que escribieron si esto 

es solo un hombre

y no sabían cómo era un árbol,

los libros rojos, 

los cuadernos grises,

que dejaron que las tinieblas

fueran el horror,

que en los tristes trópicos

entregaron las venas abiertas,

que murieron en la Moneda 

y se salvaron en Lacandona,

que quisieron escapar 

tras los pasos de Marco Polo,

que contaron las piedras 

de la última intifada,

que cantaron tu rostro 

con José Afonso

que se dejaron llevar 

por tangos, sones y fados,

que fueron calaveras 

antes que diablitos,

que buscaron amaneceres

y sólo encontraron eclipses.

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