Nadie nos dice cómo
voltear la cara
contra la pared
y
morirnos sencillamente,
así como lo hicieran
el gato
o el perro de la casa
o el elefante
que caminó en pos
de su agonía
como quien va
a una impostergable
ceremonia
batiendo orejas
al compás
del cadencioso resuello
de su trompa.
Tan solo en el reino animal
hay ejemplos
de tal comportamiento:
cambiar el paso,
acercarse
a oler lo ya vivido
y dar la vuelta,
sencillamente
dar la vuelta
y esperar el final
sin necesidad de despedidas.

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