Pino Betancor nació en Madrid, 1928, de padres canarios y desde muy joven empezó a escribir prosa y poesía. Al contraer matrimonio con José María Millares Sall, también poeta, se estableció en la ciudad de Las Palmas, donde colaboró con periódicos y revistas, así como con la revista malagueña Caracola. Su creación está compuesta, entre otras, por: Manantial de silencio, Cristal, Los caminos perdidos, Los cantos diversos, Dejad crecer la hierba, Las moradas terrestres, Palabras para un año nuevo, Las oscuras violetas, La memoria encendida (publicación póstuma). Además colaboró con su marido en las populares composiciones musicales Campanas de Vegueta y De belingo.-
Fue en 1950 cuando Pino visita la isla, por primera vez, con el objeto de conocer a su familia. Y fue entonces cuando conoció al poeta con el que contraería matrimonio dos años más tarde. En Planas de Poesía publicará sus primeros poemarios, Manantial de silencio (1951), del que el escritor González Sosa dirá que es “el canto de una criatura que asistía encandilada a la revelación de la hermosura del mundo y las promesas de la existencia”, y Cristal (1956), donde yacen la encrucijada existencial de aquellos tiempos, las huellas del amor: “Yo soy la mujer dulce, la eterna peregrina/ que ignorando sus tierras a tus tierras llegó”. Fue pionera y comprometida, sensible y emotiva, que predicaba solidaridad, paz y amor, cuya afectividad y ternura fueron un sostén para su marido y para sus hijos. El 31 de diciembre de 2003 ingresó con un infarto cerebral en el Hospital Doctor Negrín, y falleció esa misma noche.
TERCIOPELO Y SEDA
De terciopelo y seda era su cuerpo,
pero no lo vio nadie.
La enseñaron, ya desde pequeña,
a trabajar muy duro y no quejarse.
A levantarse al alba, blanca y fría,
a ser ave sin vuelo, flor sin aire.
Un día marcha a la ciudad inmensa.
Allí conoce a un hombre, uno de tantos,
pequeño y arrogante.
Los hijos le vendrán sin desearlos,
sin desear a nadie.
Y seguirá cosiendo y cocinando.
Es su deber. No lo discute nadie.
La vida va pasando lentamente
detrás de los cristales.
La enseñaron a ser el pan que se cocina,
la mesa que se pone, la ceniza que arde,
y así vivió su triste y corta vida,
ignorada e ignorante
de todas las bellezas de la tierra.
Nunca de la pasión de los sentidos
le hablaron. De cómo un beso
puede encender el aire.
Y una sencilla, dulce melodía,
hasta el cielo elevarte.
Un día se durmió en la vieja mecedora.
Para siempre. Sin haber florecido.
Marchita ya la tez, marchita el alma.
Como tantas mujeres innombrables.
De terciopelo y seda fue su cuerpo
y no lo supo nadie.
VERDE PIEDRA
Verde piedra, azul de hielo.
Soledad de lo absoluto.
Una inmensidad de arena
es el silencio.
Pálidas flores nocturnas,
las magnolias del recuerdo,
aroman hoy más que nunca
mi silencio.
El manantial de aquel río
de amor, no se quedó seco.
Guarda el agua fresca y pura
del silencio.
Soledad de lo absoluto…
Si de tu lado me alejo
guarda estos pétalos blancos
en silencio.
DEJAD CRECER LA HIERBA
Dejad que crezca el árbol,
que siga siendo
la casa de las aves
susurrante verdor
de los caminos.
Dejad crecer la hierba,
que los campos no dejen
de ser mares de espigas,
alfombras de olivos verde-gris,
tapices de rosados almendros.
Dejad crecer la hierba…!
Que el agua saltarina de los ríos
vuelva a ser lecho puro
donde vivan los peces,
líquida agua marina
entre los labios.
Dejad crecer la hierba…!
En este mundo nuestro,
planeta azul y verde,
pudiera de repente apagarse la vida.
Pudiera ser tan solo
un cascarón vacío,
convertido en ceniza,
polvo y muerte.
La tierra es nuestro hogar,
y es para todos.
Los pueblos son estancias
de un único edificio
que debéis preservar de la ruina.



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