Desbrozar el dolor
hasta la médula;
descubrir su raíz,
donde el cáncer postula
las llagas lacerantes
de un abismo;
sajar a sangre y fuego
su airado corazón
y despeñarlo luego,
con la mirada limpia,
al indulgente aljibe
del recuerdo.
Verlo flotar sumiso,
como si fuera solo
reflejo de una nube
caprichosa;
verlo hundirse,
vencido para siempre
en el abrazo mudo
del agua con la arena,
y respirar tranquilos,
con los ojos abiertos,
la esencia de las horas.
Azul intenso el mar
lo reconvierte en algas
-los peces ya celebran
su alimento-
y en el balcón abierto
del aire detenido
los pájaros comulgan
con la espuma
el latido sin voz
que destila una vida.

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