Produce vergüenza ajena la reacción de algunos españoles “atrapados” en Dubái y presentados en algunos medios como una crisis humanitaria. Asomados al balcón de una calle de París de 1940, la víspera de su huida a Casablanca, Rick e Ilsa fueron conscientes de la paradoja que vivían y de lo inapropiada que era su felicidad mientras los nazis avanzaban. Por eso Ingrid-Ilsa dijo aquello de “el mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos”. No hemos escuchado ninguna frase parecida desde los resorts y el aeropuerto de Dubái.
No hay poetas entre los españoles que viven el sueño arábigo. Solo gente enfurruñada, exigente, que culpa al gobierno de todas sus desgracias y reclama un tratamiento VIP mientras los misiles llueven. Menuda lata, que se nos ha estropeado la excursión, con las ganas que teníamos. Así va a ser muy difícil defender nuestro mundo como el menos malo de los mundos posibles. ¿Cómo no van a hablar las bombas? Los enemigos de Occidente han encontrado en Trump un adversario a su altura, un promotor inmobiliario que quiere construir hoteles Hilton sobre las ruinas, alguien que habla al fin un lenguaje que comprenden y no les intenta embaucar con discursos sobre imperativos kantianos y derechos humanos. Ofelia, la influencer que se nos ha hecho famosa gracias a esta guerra, nos representa: no solo es el tipo de ciudadana contra el que luchan los de fuera, sino el tipo de súbdita al que aspira el trumpismo españolizado que sufrimos dentro.

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