Sean Penn no acudió a la ceremonia de los Oscar. Estaba en Ucrania, a donde ya viajó en 2022 para darle uno de sus premios de la Academia al presidente Volodimir Zelenski. Corina Machado, por el contrario, se lo regaló en su visita a la Casa Blanca a Trump en enero pasado. El gesto de Penn hace cuatro años en camiseta resultaba de una dignidad emocionante. El de María Corina, vestida con un traje de chaqueta y pantalón, resultó una de las humillaciones más tenebrosas como gesto en el panorama de la política global de nuestros días.
Tiene competidores María Corina en ranking de líderes babosos, herederos de Chamberlain ante Hitler, que se arrastran hoy ante Trump. Del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, a Ursula von der Leyen o el canciller alemán Merz, son demasiados quienes se desgañitan en méritos para no sulfurar a la bestia. Su propio temor a ser humillados les hace confundir el hecho de que con su actitud les sobra para caer en lo más bajo. Se autoinfligen un desprecio que de paso sufren aquellos a quienes representan. Lo pagarán. No entienden que el atropello ejercido desde el poder en base al escarnio público para quienes consideran vasallos supone el propio castigo: un error evidente como un abuso de poder ante los ciudadanos que lo contemplan.
Además, no sabemos bien qué pretendía Machado respecto a un cambio de actitudes en el comportamiento de Trump. El presidente entendió de manera tan particular y motivadora el gesto simbólico -ni más ni menos que tener en sus manos el Nobel de la Paz- que dos meses después bombardeó Irán junto a su amigo Netanyahu. María Corina fracasó estrepitosamente, por tanto. Y humilló con su gesto no solo a buena parte del pueblo venezolano que incluso la apoyaba antes, también a los demócratas en cualquier parte que la pudieran ver con buenos ojos como una opción de futuro en su país, algo que personalmente nunca me he creído.
El gesto de Penn nos habla justo de lo contrario. Se plantó entonces la estrella del cine ante Zelenski, el único líder que en la Casa Blanca ha sabido mantener bien alta la dignidad de su pueblo precisamente al verse atacado por unas fieras que se la querían arrebatar, lo sacó de una mochila como quien saca un bocata y se lo entregó: “Esta cosa es una chorrada simbólica”, le dice el actor, “pero sabiendo que se queda aquí, me siento mejor mientras dure la lucha”. Poco más. Aquello bastó. A mí me bastó. El tiempo que nos ha tocado vivir se ha convertido en todo un cruce paradigmático sobre el tena de la dignidad en un escenario donde esa escasa virtud resalta como un destello radical de esperanza cuando salta ante nuestros ojos. Si Zelenski aguantó los embates de los aliados de Putin en la Casa Blanca aquella tarde y en otras muchas ocasiones como muy pocos han hecho, Machado representó todo lo contrario: una clamorosa ausencia de dignidad que la descalificó rotundamente.
Consciente de lo que significa esa palabra e incluso de dónde salir a buscarla, Sean Penn eligió a conciencia no acudir a la ceremonia de entrega donde era candidato a un gran premio y volvió a Ucrania. Cambió el hecho de ser reconocido con un momento de gloria ante el mundo para multiplicar ese efecto en Kiev, donde realmente debemos poner el foco. Esta vez recibió un Oscar de metal que le habían hecho con material de trenes bombardeados por los rusos. Prefiere todavía plantarse allá en camiseta al glamur de los cócteles. En todo caso, algún bombón de bienvenida en la mesa para endulzar el momento junto a unos hombres que luchan por mantener los principios básicos de la democracia. Aquellos que durante un periodo ínfimo de la Historia lograron un mundo mejor, ese mundo que hoy vuelve a estar amenazado por los nuevos tiranos que nos aplastan.

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