No soy, ni he sido
experto en nada,
lo único que me ha sacudido
como un rayo,
ha sido la curiosidad.
Solo ahí está el mérito,
si es que lo tengo,
he permitido
que invadiera mi casa
y me dejé llevar.
Me gusta analizar
las teorías
de los primeros filósofos
y me abandono a la belleza
de cualquier tipo de arte.
Siento
-y quizás no sea yo
quien lo siente, sino
un alma que ya ha muerto
y que me sueña-
que leerles me revela
los restos perdidos
de los primeros murmullos
de la conciencia humana,
el don del pensamiento
donde todavía estaban
aprendiendo a nombrarse
cultura y filosofía.
Ahora que me siento más
como una declaración
que como un lobo estepario,
no me queda más remedio
que permitirle al humano
liberar los dones y tragedias
del humanismo,
que sea devorado
por la pasión creativa,
que siga cumpliendo
su propósito mientras yo,
como buen esclavo,
me pierdo en los abismos.
Puede que caiga hasta el fondo
de un espejo que ha guardado
mi imagen desde el principio
de los tiempos.
Por eso me atrevo
a enviarte este mensaje,
aún sin ser experto en nada:
que te sumerjas en la vida
y en sus propias contradicciones.
Que seas drástico
en tus juicios
pero respetando el juicio ajeno,
drásticos contigo mismo,
pero sin permitir que te dañen
las sentencias de los demás.
No hay nada malo
en confrontarse,
en presentar batalla si fueses
impelido a ella
por la voz de tu conciencia.
Pero siempre teniendo claro
que la paz es el camino
y al mismo tiempo la meta.

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