En la plaza dormida
del tiempo,
una guitarra
despierta el ayer.
El verso camina
con pasos lentos,
la canción canta
lo que no se ve.
—¿Y si el alma tuviera
estaciones? —
susurra el verso,
mirando el olivo.
—Sería septiembre
su renacer —
responde la canción,
con tono vivo.
El eco se recoge
en silencio,
y se convierte
en palabra nueva:
donde hubo ausencia,
hay presencia,
donde hubo sombra,
hay una estrella.
El verso asiente,
con ojos de niño,
la canción puntea
un acorde lento.
Y algo invisible,
como un suspiro,
les enseña
el arte del tiempo.
Así, entre dos,
nace el poema:
ni solo canto,
ni solo papel.
Es memoria
que danza serena,
y se convierte
en liturgia fiel.

No hay comentarios:
Publicar un comentario