Se detiene el tiempo, en las salas de espera. Aunque se tengan a luminosas pantallas que atrapan la mirada y secuestran la atención, en una fuga silenciosa del presente, el reloj avanza despacio y de repente la vida, su finitud, su inherente fragilidad queda expuesta a las inclementes luces cenitales que propias de estos no lugares. ¿Por qué nadie piensa en hacer agradable el espacio de los que acompañan a enfermos y convalecientes? ¿Por qué se excluye la belleza donde acechan la enfermedad y la muerte? Debería ser todo lo contrario: al acudir a una consulta médica, una prueba diagnóstica, deberíamos encontrar ambientes agradables que palien la angustia que trae siempre la falta de salud.
El tiempo, al provocar en nosotros cambios insospechados, a veces imprevisibles, ocasiona un derrumbe progresivo que solo puede ser combatido por el cuidado de quienes nos quieren y nos quieren vivos muchos años, para siempre. Es el anhelo de eternizar a las personas que nos importan lo que nos lleva a prestarles toda la ayuda posible, a sacrificar horas de sueño, de disfrute y goce despreocupado. No veo qué otro sentido puede tener la existencia que el hecho de ser necesitados por otros en algún que otro momento.
En las salas de espera el debate público, las polémicas, las tertulias, todo me parece absurdo, un ruido lejano e incomprensible. Al salir doy un paseo y no veo más que a muertos vivientes. ¿Qué les pasa? ¿Por qué esta vida única que tienen se la regalan a los señores del tecnofeudalismo? ¿Por qué malgastan su tiempo en el scroll infinito, abducidos por el perverso algoritmo que chupa su atención como chupan sangre los vampiros? Me doy cuenta entonces de que igual están más vivos los enfermos que se enfrentan a la muerte que los sanos de pantalla y gimnasio, de proteína, bótox y silicona.

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