En la mitología romana, Júpiter se prenda de Yuturna, que lo rehúye, y una de las hermanas de esta náyade, apodada Lala —que significa cháchara—la avisará de que el padre de los dioses desea violarla. Enfurecido, Júpiter decide vengarse de su indiscreción cortándole la lengua y ordenando a Mercurio que la abandone en el Hades. Mercurio la violará, convencido de que sin lengua no podrá delatarlo. De ahí su nuevo nombre, Tácita Muta, pues encarna la ejemplaridad del silencio o la lección de que las mujeres deben callarse, en lugar de protegerse entre ellas. Ni a Tácita ni a Filomela, que en las Metamorfosis de Ovidio será violada por Tereo, su cuñado, quien le cortará la lengua tras agredirla para que impida contar lo sucedido. ¿Por qué se dice el talón de Aquiles y no la lengua de Tácita? ¿Existe algún lugar donde se amontonen todas las historias de cómo se ha impuesto el silencio a las víctimas de abusos?
Pienso en las mujeres que cortan la lengua a otras mujeres y recuerdo que lo que ellas ignoran es que ningún silencio impuesto se disuelve como si nada. El silencio no se ve, pero tampoco se evapora. Callarse pesa. Bienvenidas sean las que, como la exconcejala de Móstoles, han aprendido que para romper el conjuro no basta con abrir las ventanas sin molestar ni hacer ruido. La maldición se rompe abriendo la boca, encendiendo cerillas. Hablar por tu padre, por tu familia, por el resto de mujeres que pasan por el calvario de una agresión, por el acoso machista. Pero, sobre todo, por ti misma.
En el otro lado están mujeres como Ana Millán y Lucía Paniagua, dos de las dirigentes del PP que presionaron a la concejala para que no hiciera público el acoso por el alcalde de Móstoles que estaba sufriendo. Aquellas que debieron facilitar un protocolo de protección desplegaron lo contrario: un preciso mecanismo de control y coerción al invocar al sentimiento que más parálisis y culpa provoca: el del dolor infligido a los demás. “Te dije, piénsalo. Quizá te venga mejor dar un paso atrás, no pasarlo mal, que tu padre no lo pase mal (…) Lo digo yo, que vivo por y para el partido, llevo muchos años y todas hemos aguantado muchas cosas”, le dijo Ana Millán. El silenciamiento lo aplicaron de forma sibilina, profetizando un falso bien común si callaba, pronosticando los malos sentimientos que generarían sus palabras si las decía. Le dijeron que hablar la iba a destrozar, que “en seis meses te han matado psicológicamente” y que si denunciaba iba a “provocar un sufrimiento” a su padre y a sus hijos. La palabra, la posibilidad de relato, destruida aquí por ser causante de malos sentimientos. Si hablas, serás infeliz porque harás infelices a quienes más amas.
A un lado, el coraje y la valentía. Al otro, la vileza y la cobardía.

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