Ya el pabellón del tiempo
se ha quebrado
y los días que vienen
serán duros,
como el paisaje dentro
de mi sangre.
Vientos de aquí y de allá
que me dejaron
caer como semilla volandera
sobre las lomas lentas,
casi yermas,
de una tierra pequeña
y muy amada,
aunque sea un instante,
frente al muro,
que devuelvan el fervor
de tantas horas.
Deberían darme el caudal exacto
y el halda de mi madre
en la tormenta;
darme la compañía
de mis hermanas,
los juegos de invierno
al abrigo del frío.
Darme la fiesta,
el baile, las canciones,
mi voz de plata
por el cielo limpio.
Darme la primavera
de aquella boda,
la alegría sin fin
de dos hijas y una nieta,
el horizonte
y el camino largo.
Darme el amanecer,
el tajo ancho
y compañeros
a mis dos costados.
Darme también
la nieve de febrero
en el Padre Teide
y las ventanas abiertas
de la lluvia en carnavales.
Y en el rigor de agosto
una cala solitaria,
la sombra de un flamboyán
una sandía roja a mediodía
y a una mujer sonriendo
mientras la miro.
Darme para mi muerte,
cuando llegue,
las cosas claras
que me dio la vida.
Ya pongo yo el silencio,
el paso largo,
la tarde gris
y el vendaval de olvido.

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