Anoche soñé
que estaba muerto.
No fue una pesadilla,
solo una experiencia
inmensamente triste.
El hueco gris de la madera
contenía mi cuerpo,
y aquel era mi rostro
de los 20 años.
Sólo mis ojos
no eran mis ojos
de espaldas, en la sala vacía,
una mujer que pudo
ser mi madre
cantaba en silencio
esa canción de cuna
que nunca le escuché.
Mi rostro era el sendero
que hube de recorrer
en la vida,
un rostro que a los veinte años
no podía creer
que la esperanza
dejara tantas cicatrices.
¿Cómo ha podido pasar
tan deprisa el tiempo?
¿De verdad murió mi juventud
y la estoy velando aquí,
ya cercano a los setenta años?

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