Helena se derrumba
ante el espejo.
En su cabello rubio
ya han brotado
las primeras
serpientes de plata.
“Los treinta ahora
son los nuevos veinte”,
trata de recordarse.
Pero encuentra
sus manos huérfanas
de un cuerpo fiel
que acariciar,
los labios apretados
por la ausencia de besos,
tristes los ojos
que una vez
reflejaron la luz
de Troya en llamas.
Para qué tanta guerra,
tanta sangre,
aquél “te adoraré hasta
el fin de los días”,
si después
de un caballo de madera
y de un príncipe
herido de capricho,
solo queda la eternidad
del calendario
y el abrazo leal
de una crema antiarrugas.

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