Hay quien me reprocha
hablar demasiado
de la muerte
y que olvido lo bella
que es la vida,
como si fueran
cuestiones contradictorias.
Me lo dicen convencidos
mientras ella está riendo
al fondo de mi oído.
Mientras busco
en mis músculos
algún gesto indulgente
para tales consejos,
ella mete su índice
en mi corazón y deja
allí grabada la hora exacta.
La cuestión
es que hemos desarrollado
cierta complicidad
en tales trances,
somos viejos
amigos de la infancia.
Nací con su dolor
y bebí de sus pechos,
me acompaña a su modo
a todas horas
y procura no herirme
hasta que llegue el momento
en que haremos juntos
el último viaje.
Creo que vive en mí,
veo lo que ella ve,
escribo sus memorias.
No soy más que un biógrafo,
es necesario y muy conveniente
normalizar su existencia.

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