Al menos en las historias
más fieles
que llevo conmigo,
(esas que me repito
cuando el mundo
se disfraza de teatro
y no de verdad),
siempre hay
un murmullo de luz.
Alguna noticia mínima
que llega desde el otro
lado de la vida fabricada.
Ya sabes,
ese lugar donde el aire
se adelgaza en las alturas,
donde el pensamiento
se deshace pero la fe
respira con facilidad.
Y en los valles,
todo vuelve a parecer posible.
El aire se ablanda,
las sombras de las tardes
adquieren ese tono
rosado imposible,
una transparencia
que al menos cae bien
sobre lo concreto
del final de una jornada.

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