En mi cumpleaños
ya no enciendo velas
para no delatar
mi posición,
no entono la típica
cancioncita de siempre
porque podrían escucharme
desde sus satélites
y sus drones asesinos.
No canto, no soplo velas,
no tengo tarta
porque no existe nada
que celebrar por el hecho
de ser un año más viejo.
El regalo solo consiste
en seguir vivo entre tantos
cuerpos enterrados.
Los de los que mueren
para que el Banco Santander
reparta beneficios,
para que Netanyahu
pueda cumplir su sueño
de otro Reich de mil años,
un régimen teocrático
siga manteniendo a las mujeres
en la invisibilidad más absoluta.
Los que mueren
para que te sientas afortunado
de haber nacido aquí,
te parezca justo tu salario
y disfrutes en la terraza
de tu cafetería favorita
esa cerveza bien fría,
luzcas con orgullo
esa pulsera de España,
y asistas al partido semanal
en ese estadio donde
cantarle al viento tus colores.
Los de los que mueren
para que tú puedas vivir
sin preocuparte por ellos,
buscar el mando
y poner un poco más fuerte
la calefacción
o el aire acondicionado,
para que celebres las noticias
de un nuevo récord
de turistas en Canarias,
que salvarán el PIB
mientras hasta el último
rincón de las islas
se encuentra congestionado.
Tampoco pienso fingir
que hay algo que celebrar
mientras siguen
muriendo en Sudán
y un estúpido ególatra
usa el poderío de su ejército
para satisfacer sus caprichos
de matón de barrio.
Pero sí,
celebro que estoy vivo
y sigo siendo
un ente independiente,
que reflexiona por su cuenta
y sale al campo a respirar
las maravillas que la naturaleza
aún puede ofrecerle.
Celebro la poesía, el arte,
la filosofía, el cine,
los animales, mis hijas, mi nieta,
los amigos íntimos,
el hecho de que me sigan
asombrando cosas buenas
que me sorprenden cada día.
Pero lo celebro
en lo más íntimo de mi alma
y como un resistente más
de esa anónima legión
que únicamente pretende
vivir y dejar vivir
y cuidar como un tesoro
todo lo bueno que le rodea.

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