Si matar fuese
(como dicen)
un desliz, una tarea fácil,
nadie dedicaría
su tiempo al mal oficio.
No caigan en la trampa,
el asesino no cobra
por el acto de matar,
ingresa su dinero
por el miedo,
por el milisegundo
de la bala atravesando
el cráneo de la víctima
o la explosión que arroja
cuerpos por todas partes,
por la vigilia
que llega después
envuelta entre
fantasmas y tormentos,
por la maldita adrenalina,
el aura del instante
oportuno: el charco
de sangre que se forma
y nadie lava,
la silueta del cuerpo
repintado indicando
que ahí paró su música
un corazón humano.
Todos los asesinos
lo saben,
pero más todavía,
los que aún siéndolo
nunca serán
los que aprietan el gatillo.

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