viernes, 16 de enero de 2026

PINTURA: DAVID

La democracia debe ser algo más que
 dos lobos y una oveja votando 
qué van a comer. 
 James Bovard


               El juramento de la pelota (1791) 
              
El hecho histórico que David conmemora en este boceto previo para un cuadro que nunca se realizó es el juramento de mantenerse unidos que realizaron los representantes del “Tercer Estado” y el clero, celebrado de manera casi espontánea en una reunión multitudinaria celebrada en el Jeu du Pomme.

Este juramento tuvo lugar el 20 de junio de 1789 cuando los diputados que se dirigían a la reunión de los Estados Generales encontraron las puertas de la Cámara donde se celebraban las sesiones cerradas por orden del rey (so pretexto de unas reparaciones). Ante el temor de que éste celebrase reuniones al margen de la asamblea, los representantes del Tercer Estado se desplazaron al juego de pelota de Versalles (“jeu de paume”) para continuar sus deliberaciones. Allí juraron, inspirados por Mounier y Sieyès, “no separarse jamás y reunirse cuando así lo exigiesen las circunstancias hasta que la constitución del Reino sea establecida…”

Al año siguiente los parlamentarios encargaron a David que pintara el cuadro conmemorativo del juramento si bien la compleja situación política y la inestabilidad de las alianzas entre unos y otros impidió la conclusión del encargo. El artista se enfrentaba ante un problema; el derivado de una composición donde debían incluirse el retrato de una ingente cantidad de asistentes. Por ello, en primera instancia reproduce un hormiguero de gente y sobresale entre la muchedumbre la figura de Robespierre, en primer plano a la derecha, en pie sobre y con las manos expresivamente sobre el pecho. El personaje que está en alto con una mano extendida y un papel en la otra es Bailly, el presidente de la Asamblea. Trata de conseguir silencio para leer en voz alta la declaración de independencia y lealtad. Hacia él convergen todos los brazos, todos los rostros, todas las miradas, como el símbolo de la república. Ante él, tres miembros del alto clero francés se entrelazan en un abrazo, dando el toque sagrado a un acontecimiento que se desarrolló completamente en el laicismo de la Ilustración.

David se ocupa también de dibujar las caras en detalle para que cada protagonista pueda ser reconocido individualmente. Los participantes en este día adquieren así la figura de héroes nacionales. El pintor dibujó en las anchas ventanas la presencia del pueblo, simbolizando su apoyo al juramento. Las cortinas flamean, representando el viento de la revolución que surca Francia, viento de la revolución que penetra en la sala y hace revolotear con furia las cortinas y volverse los paraguas del revés. Como puede intuirse, la fidelidad histórica era casi tan importante como la exaltación ideológica.

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