Me lo encuentro
en alguna madrugada
mientras estoy trotando
y me acompaña
durante unos segundos,
luciendo su pico dorado
cuando aún
el sol del invierno
no ha asomado
por encima
de las montañas.
Va dando
pequeños brincos
por delante de mi
hasta que salta
sobre la rama seca
de algún olvido.
Luego se demora
con los frutos vacíos
y cuando vuela lejos
—vibrante claridad,
perfume esquivo—
deja una estela
de silencio pleno,
la que me lleva al centro
de la vida.
Lo mismo
que un poema.

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