Las brujas bailaban
en el bosque,
animales aullando
en su guarida,
hipnóticos conjuros
de letras inventadas
y de fuego que avivó
aquel alcohol,
aquella música tribal
de los ancestros
que jamás tuvimos,
reemplazados
por las luces de neón
y el gas turbio del festejo.
Ardieron una a una
en las hogueras
a las que fueron
arrojadas,
con el fuego del cuerpo,
con el humo
de colores y purpurina,
el humo que cegó
a quien no quiso contemplar
su aquelarre,
a quien no quiso
ver nuestro deseo,
a quien no quiso
abrir la puerta
de un futuro por crear.
Y entonces habitamos
nosotros la cueva,
rociando con zotal
sus deseos
borrando las pisadas
de los pies desnudos
que danzaron bajo el ritmo
síncrono de pulsiones
animales.
Ya no será nunca
de ellas este lugar,
arderán por siempre
en nuestras llamas...
Eso creían muchos,
pero se han dado cuenta
de que estaban
muy equivocados.
Eso explica muchas cosas.

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