Un dedo se posa
sobre la llaga.
Vacila su encanto
terrenal
en la prolongación
del dolor.
Éste se hace un muro
donde el sol no corrompe
su largo aliento,
ni verdea al vuelo
curioso de las aves,
su abalorio canto.
La entrega es imposible
sin su grito mediador,
sin el refugio
transfigurado
de lección
que ha de aprenderse.
Algún cuerpo
oscuro y superior
tenderá su abrazo
a la naturaleza
desbordada de juicio.
Esa carne elevada será
la característica del que
no devuelve la mirada
porque está vacía.
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