Ward Jalal emerge
como una luz
de entre las ruinas
de las bombas
y las cenizas del incendio.
Sus lágrimas asoman
a la claridad,
sin entender bien
lo que está pasando,
sin conciencia del terror
y de la muerte
que se ha cebado
con su madre
y sus hermanos.
En un cáliz y un sagrario,
guardaría la inocencia
de esos pequeños,
supervivientes
del derrumbe y la hecatombe,
para preservarla.
La protegería, incluso,
de la frivolidad y el morbo
de algunas miradas que,
desde la comodidad
de sus balcones televisivos,
la contemplan parapetadas
en sus burladeros
de distancia emocional.
Sálvanos, tú que eres luz,
de nuestras miradas frívolas,
(alejadas de los problemas,
como mecanismo de defensa
para evitar la consternación)
que no tienen derecho
a manchar
con tintes morbosos
la inocencia
de tantos niños y niñas,
sus inmaculadas almas,
ni el sufrimiento
de tanta gente
apaleada por la destrucción
de su todo inmediato,
abocada a una nada
envolvente
de escombros y cadáveres,
de rocallas
que cubren muertos.
Sálvanos, Ward Jalal,
tú que eres luz,
esperanza que sublima
cualquier agonía,
de nuestra insensibilidad,
apuñalada por la imagen
de tu rostro…
Tu cara es antorcha,
ilumina las entrañas
de la Tierra,
que se hace perdonar en ti
por haber dado a luz
a los asesinos.
Regresas desde
el centro de la muerte
para ganar la batalla
a los monstruos,
conformando esa estampa,
victoriosa y tierna,
que tanto me conmueve .
Tu vida es un milagro
que transciende
la desolación
y horada la coraza
de la sociedad
con cinceles de esperanza.
Pero me es imposible
dejar de pensar
en que va a ser de ti
a partir de ahora
sin tu familia
en medio de ese infierno
desatado en tu tierra.

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