Enmarañaron tu recuerdo
sus vómitos
de odio y homofobia.
Criminalizaron tu figura
betún de sombra y lodo,
dañaron la reputación
de tu estirpe.
«¡Maricón!», te gritaron
en el último momento.
Tus ancestros se revuelven
en sus tumbas.
Restregaron por el barro
tu nombre,
«Federico»…
Restregaron por la mierda
tu inocencia.
Amalgamaron la tierra
con tu sangre.
La sangre derramada
en la arena de un coso
sin opción a la defensa.
Sin opción a una queja,
una instancia.
Sin permiso a la palabra.
Sin permiso a la poesía.
Sin derecho a la vida.
Sentenciados a muerte.
Sin juicio, ejecutados.
Abocados al foso.
Condenados a la oscuridad
del barranco por décadas.
¡Quién sabe si por siglos!
Aniquilada la palabra.
Decapitada la libertad.
Asesinadas la poesía
y la educación,
en ti, Dios de los poetas,
y en el maestro republicano,
que te acompañó
a la eternidad.
Dióscoro y Federico.
Federico y Dióscoro.
García Lorca y Galindo.
Galindo y García Lorca.
El Dios de los poetas
y “el maestro cojo”.
El Dios de los poetas
y “el maestro rojo”.
¿Dónde están sus restos?
¿Por qué la democracia
aún no los ha encontrado?

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