Entre los nubarrones
del más negro
y más pugnaz
de todos los ocasos,
cuando nadie en su juicio
esperaría del día
un acto de contrición,
un último heroico
haz de luz logra filtrarse
e incide exactamente
sobre el rostro
que tienes ante ti.
Y solo entonces,
una milmillonésima
de segundo o menos aún,
el rostro se ilumina,
diamántase, titila,
se transmuta y se convierte
en la única razón
de todo lo existente
y lo existido,
en la causa inicial
del universo,
del movimiento astral
y de la génesis de la vida
y de todas las especies,
en la esencia de dios,
de los imperios
y de la entera historia,
y ese rostro,
una milmillonésima
de segundo,
concentra el flujo todo
de los átomos,
la ley de la entropía,
el equilibrio del caos,
la abolición de la materia
y el final absoluto
de los tiempos,
todo a la vez
y todo sublimado,
vertido, condensado
en ese rostro que
es el sentido
terminal de todo
durante aquella
inexplicable y eterna
milmillonésima de segundo.
Algunos dirán que es ilusión
y lo considerarán estéril,
pero de verdad te deseo
que te ocurra aunque sea
un solo momento en la vida.

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