Un viaje a parte alguna
o a ninguna parte,
el ver cómo se han ido
algunos amigos,
cómo pasos y gestos,
palabras y recuerdos,
se vuelven
dolorosamente lentos
y cómo van creciendo
nuestros hijos
y se van derrumbando
nuestros sueños;
un intentar recuperar
la infancia
cerrando los ojos
al precio que se paga
por seguir adelante,
las pequeñas traiciones
que siempre son aquellas
que luego más nos duelen
y dejan una herida
abierta en la memoria
que jamás cicatriza,
los libros que leemos
y aquellos que pensamos
que podríamos,
mas no lo hicimos,
por pudor o desidia
o por falta de tiempo,
los versos que escribimos
a modo de plegaria
para espantar el miedo
a lo desconocido,
y las noches en blanco
de nuestra adolescencia,
y los cuerpos que solo
fueron nuestros
soñándolos después
de haberlos poseído
y que ya forman
parte de las ruinas
junto a nuestros errores,
nuestros pasos en falso,
nuestras claudicaciones
y esos breves instantes
de plenitud y dicha
y esperanza
que también son ceniza
tras el fuego,
y que conforman
el confuso tapiz
que llamamos
la trama de la vida.

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