Tuve que aprender
a comerme las horas
y a que me salgan
sudores por la boca.
Y meterme
en los oídos al viento
para que me respire
en sus pulmones.
Tuve que asumir
que mi mundo
parezca salido
del bostezo
de un volcán:
en una barca
de ocho islas
con las alas pegadas
al paladar.
Y admirar el hecho
de que mis raíces
abren su ensueño
a un mar
o quizás a un ahogo
donde sudar
esta fiebre
de pedazos de sol
y de salitre.
Fue entonces
cuando asimilé lo que soy
y me reconocí
a mi mismo como isleño,
lo demás son añadidos
que complementan
esa emotiva realidad.

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