En el claro de un desmonte, a las afueras de una población, las cofradías de dos procesiones del Rosario se enzarzan en una violenta pelea para hacer valer su derecho de preferencia de paso en sus respectivos itinerarios en la oscuridad de la noche, apenas rota por las tímidas primeras luces del alba. Devotos, monaguillos y penitentes luchan encarnizadamente, blandiendo como armas los faroles y los mástiles de los pendones, con los que amenazan y golpean sin piedad a los integrantes de la procesión intrusa.
Dentro de las tradiciones devocionales más arraigadas en la religiosidad popular española, se celebraban con gran fervor y concurrencia las procesiones del Rosario dedicadas a la Virgen, casi siempre al amanecer o al caer la noche. En ellas, los cofrades enarbolaban los estandartes de las diferentes congregaciones marianas, flanqueadas por hileras de faroles y candiles, por lo que eran conocidas popularmente con los sobrenombres de «Rosario de la aurora» o «Rosario de cristal».
Así, este cuadro ilustra un pasaje de tintes casi legendarios, muy extendido entre la tradición popular, especialmente andaluza y madrileña, hasta dar lugar a uno de los dichos más recurrentes del refranero español, que se refiere a cualquier disputa o pelea violenta como «acabar a farolazos, como el rosario de la aurora».
Como resulta evidente, Eugenio Lucas tiene como referencia la obra de Goya, en la que hay una importante presencia de las escenas procesionales, en las que el genial aragonés siempre subrayó sus aspectos más dramáticos, crudamente reveladores de los extremismos –en ocasiones verdaderamente estremecedores– que aún hoy caracterizan muchos aspectos de este tipo de manifestaciones devocionales públicas, tan genuinas de la religiosidad española.

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