El pero se usa a menudo como la gatera que se abre en lo bajo de las puertas, y algunas puertas conviene cerrarlas por completo: para fijar un mínimo. Hay peros que, por querer entender algo, no dejan entender nada, como si todo fuera posible. A veces se puede, y hasta se debe, denunciar un hecho sin buscarle la vuelta. A veces basta con describir el hecho y ya está, porque explica en sí mismo su contexto. El pero pretende que se lleven bien los contrarios y algunas afirmaciones son incompatibles en la misma frase: la condena de la violencia indiscriminada o de las frases que llaman a esa violencia son el ejemplo más evidente de que no se llevan bien con nada más. Si se acompañan de un pero, delatan a quien se lo puso.
Las atrocidades de Hamás, pero. Los bombardeos sobre los civiles de Gaza, pero. La denuncia de una agresión concreta, pero. La condena de unas declaraciones que incitan a la violencia, pero... Suele haber siempre un pero por el que se cuelan los principios o las excusas que acaban por justificar aquello que en teoría se denunciaba. Son los peros que atenúan la frase que les precede, o la echan a perder: condeno la violencia, pero. ¿Pero qué? Condenar lo condenable no te pone de parte; te pone de parte ponerle un pero. No se le puede exigir una pera a cualquier manzano, pero sí que no nos suelte un pero cualquier alcornoque.

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