Cuenta Joan Margarit en el poema El origen de la tragedia que “Los mitos son esa claridad / tras la que encerramos todo lo oscuro”. Por oscuro entiendo aquello que no es, dado su naturaleza, susceptible de ser categorizado y no puede, por tanto, ser algo estable, clasificable, inamovible, pero que, encerrado en esa aureola de claridad, nos proporciona una falsa ilusión de conocimiento. Pero los mitos están cosidos de relatos, y, sobre todo, de nostalgia. Son fábulas que desdibujan la realidad y, ya se trate de personas, lugares, dioses, películas, amores, restaurantes, paisajes, se convierten en símbolos santificados por tradición e historia, en una máscara opaca que distorsiona el acceso a la realidad. Claro que resulta difícil, si no imposible, sustraerse a determinadas demandas y expectativas inconscientes, dejar de lado esos marcos angostos y oscuros en los que, a fuerza de tratar de someter el mundo, hemos terminado deformándolo.
Si bien es peligroso encerrar un monumento, una ciudad, o una vieja lectura en un mito, aún lo es más cuando en esa cárcel se confina a alguien de carne y hueso, para exigirle que sea simple y llanamente un mito, un referente, la imagen exacta de lo que en él o ella se ha proyectado. Porque esta molesta manía de repartir la categoría resulta en un terrible empobrecimiento y huelga decir que pierde más el que mitifica que el mitificado. Por eso, recupero a Joan Margarit que termina El origen de la tragedia con unos versos que dicen: “Nietzsche se equivocaba: somos más fuertes cuando los mitos son más débiles”. Porque lo que ocurre cuando encerramos a los mitos en espacios angostos donde no entra el aire es que les dejamos poco margen para, simplemente, poder existir. Cada cual es como es, no como nosotros exigimos que sea.

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