Imaginaron salobres
la libertad en la boca
y, sin embargo, el mar,
sal sobre la roca,
era lengua y permaneció
ajeno a los sabores.
Desde iglesias altas
cual altas espadañas,
erguíase la España
de sables y rosarios,
la que huele a incienso
y a romero, la bendita,
pero había otra,
de cloacas y chabolas
que hasta entonces
a nadie interesaba.
Había un pájaro
en los ojos
deseando volar alto
pero le cortaron las alas
y en largo y aciago tiempo,
se retomó el vacío
en la cuenca de los ojos,
añorando el mar
en la sequía
de la muerte, el terror
el espanto y el destierro.
El viento cabalgaba nubes
y el árbol, inmóvil,
se convirtió en polvo
y yació sobre el polvo,
silencioso, gris
y desgraciado,
tan sordo, tan inútil
como un piano
abandonado.
En las manos tibias,
por la piel helada,
penetraron los cristales
del frío:
Y el cuerpo yerto,
abierto a la violenta
dentellada,
se imaginaba dueño
de la luna, la tocaba.
Todo en vano,
se impuso la intransigencia,
el odio y la crueldad
fríamente organizada,
fue la noche más triste
de una esperanza destrozada.

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