Todos los seres humanos
deberían tener
derecho a una casa,
unos sueños
y a la posibilidad
real de cumplirlos.
Pero algunos tropiezan
con la infrahistoria
de su país.
Y solo pueden vagar
llenos de polvo,
desgreñados,
por caminos que terminan
en una tumba anónima,
en el fondo del mar,
o en ninguna parte
donde ser bien recibidos.
No dejo de pensar en ello,
cuando escucho los discursos
cargados de xenofobia
que cada cierto tiempo
se ponen de moda
en la indecencia política:
Porque no son fardos,
ni atentan contra
la seguridad nacional
señora Ayuso y demás
repugnante compañía.

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