La vieja barca abandonada
recuerda en silencio
el mar en calma.
Los días felices
en que sus remos eran
las manos que acariciaban
la tibia arena de la playa.
Sus idas y venidas
fueron el ritmo que un día
le dio vida,
el deseo que siempre
le acompañó
en su deriva por la vida.
Aún tiene presente
la calidez de su mirada
enamorada y sencilla
cuando se posaba
sobre el agua.
Ahora, sumida en la tristeza,
le entrega a las olas
su nostalgia.
El alma se le rompe,
pues no entiende
cómo ha podido
llegar hasta aquí,
una tierra tan adentro
en una ciudad hostil
donde solo puede oler
el agua que riega
los jardines.
Y desea ferviente
escuchar por última vez
el murmullo de las gaviotas
antes de alzar sus alas
y que algún alma piadosa
le permita morir dignamente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario