La luz se eclipsa
para los suicidas.
La claridad se borra,
la niebla deja cerrados
los reductos.
Las últimas defensas
retroceden, replegadas.
El estilete se clava
en el pecho sin anestesia.
Poco a poco,
se les va desgajando la piel,
rasgada a tiras
por el bisturí infernal.
El llanto se les ahoga
a los suicidas.
Y es de ellos la libertad,
pero no de los demás,
de aquellos a quienes
prohibieron la paz
de compartir demonios,
de cincelar las sombras.
Los desterrados para siempre
bajo un manto de infamia;
las otras víctimas.
El agua, el fuego,
la tierra, el aire,
se cierran para los suicidas,
los que solo quieren
definitivamente descansar.
Un momento incompleto.
Sólo eso…
…Incluso la nada
acogedora se les niega
a los que todavía esperan
bajo la luz de un faro
en la noche,
con ojos sobrecogidos
y la vida silente.
Como figuras de sal.
Eternamente.
Sufran, les dicen,
están aquí para eso.

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