viernes, 17 de junio de 2022
REFLEXIÓN: HIJO DE VECINO
Querido hijo de vecino: Te escribo porque llevo toda la vida oyendo hablar de ti. Creo que ha llegado el momento de agradecerte todo el alivio que me ha supuesto tu presencia a lo largo de los años. Ese ser diluido e imaginario que cada vez que aparecía en una conversación, o incluso en mi pensamiento, conseguía que no me sintiera tan raro. “Como todo hijo de vecino”, me decían, y yo me figuraba que debías de ser la persona más normal del mundo. Representabas la normalidad máxima. Con esas palabras rescataba la posibilidad de ser también yo, así como tu, normal. Hay veces que tanta individualidad cansa. Después estaba el imperativo categórico paterno: “Hijo, sobre todo, intenta parecer normal”. Y era un goce hermanarse con todo lo que representabas. El día menos pensado, en una conversación con un amigo, al expresar una queja, escuché “pues claro, como todo hijo de vecino”. Qué gusto. Con ese hijo de vecino crecí y aprendí que no era nadie especial. Que no hacía falta serlo, que cada cual es una persona perfectamente normal dentro de su rareza individual.
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